lunes, 17 de abril de 2017

El trance de la traducción

El trance de la traducción


Revisando No somos los úlitmos en Rishikesh (India).
Foto: Carmen Ruiz de Apodaca. 2015.



                  Para mí la traducción es la mejor forma de homenaje pero es también una actividad lúdica: casi siempre traduzco por placer. Empecé a traducir a poetas surrealistas franceses, como Robert Desnos, por el mero hecho de jugar con la forma.
                Hay quien traduce para acercarse a la obra de un autor y comprenderlo mejor.  José María Valverde, uno de los traductores españoles más prolíferos del siglo XX tradujo, por ejemplo, el gran volumen de Humboldt sobre la diversidad de la estructura lingüística para entenderlo bien. Para él la traducción era la manera de saber realmente si un autor le gustaba o no. Efectivamente, cuando uno traduce vampiriza al autor, se apropia de su discurso y penetra en la profundidad de su obra. Yo, como traductora, también vampirizo al autor pero no es esto lo que me empuja a la traducción. No es la curiosidad -más propia del lector- sino la atracción por la obra lo que me impulsa a hacerlo, como si estuviera movida por una fuerza magnética poco racional. Esta fuerza crea una suerte de inversión en el juego vampírico: no soy yo quien me apropio de la mirada, sino que el autor, la obra, la mirada del autor me atraen hasta tal punto que siento el deseo de poseerlo. Y no hay mayor posesión que el lenguaje. Traducir a un autor es como tragarse a ese autor: no es el traductor quien posee al autor, es el autor quien posee (en el sentido de ocupar el alma) al traductor. El traductor, poseído por el autor, hace hablar a este por medio de su voz, de su lengua. Así, el traductor no es más que un médium, un puente entre una lengua y otra, un ente invisible. Cuando traduzco debo sentir el arrebato que me anula y hace hablar al autor: el autor me dirige, me domina. Sigo sus deseos que también son los míos en una especie de juego erótico en el que solo se tocan las palabras.

El Vampiro. Foto: Carmen Ruiz de Apodaca.

                Se dice que todo traductor literario es un escritor frustrado. Puede ser, pero yo más bien creo que se trata de un escritor perezoso que prefiere que le dicten de manera organizada lo que también está en su mente. Quizá quien lo sienta así, quien se siente un escritor frustrado, es quien trata de dejar su huella, quien modifica, quien interviene, quien reclama su lugar en la obra. A este propósito, en el diálogo con Milan Kundera –el quinto de los nueve que forman Diálogos de la forma perdida de Massimo Rizzante- el escritor checo habla precisamente de la torpeza del traductor (que yo llamo traductor-interventor) que en lugar de respetar la obra se la apropia, la viola y crea un artefacto nuevo. Narra Kundera su total estupefacción ante la primera traducción al francés de su novela, La broma, que no era una traducción sino una versión –por no decir, perversión- de la novela original: “la primera traducción de La broma era un verdadero desastre, contenía todo lo que detestaba: vocabulario rebuscado, adición de metáforas ornamentales, sofisticaciones, exageraciones, no había nada natural[1]”.
                En oposición a este traductor-interventor, yo creo en la invisibilidad del traductor, en su anulación, en su desaparición, en su estado catártico y placentero de ser mero tránsito, puente, canal sin ego. En mi caso, este trance no me resulta nada difícil porque lo que dice Rizzante es lo que yo diría, y lo dice en la misma forma y con el mismo tono que yo usaría, por tanto, mi único mérito es dominar mi lengua y, quizá, un universo de lecturas que enriquecen mi interpretación.
Empecé a traducir a Massimo Rizzante porque sentí el impulso de pasar por mi lengua su discurso, es decir, por admiración, como homenaje. Nada más empezar a leer No somos los últimos (ensayo publicado en Italia en 2008 cuya traducción emprendí casi de inmediato por puro placer y que no se publicaría hasta 2015) sentí el impulso de traducirlo porque todo lo decía era lo que yo pensaba y, como yo ya no lo iba a escribir -porque ya estaba dicho y porque además yo pertenezco a esa especie de escritor perezoso- disfrutaría del tránsito de ponerlo en mi lengua. Además, sentía el deseo de que todos los hispanohablantes leyeran aquel ensayo fundamental en el que se pone en movimiento la literatura y el pensamiento no como entes aislados y ajenos a la vida sino precisamente como nutrientes de esta, como lugar de aprendizaje, de crecimiento, de interpretación. Y donde, además de enfrentarse a ciertos cánones académicos y tendencias contemporáneas, está, por encima de todo, el amor y el placer de la imaginación.
Traduzco a Rizzante porque hay una comunicación entre su pensamiento y el mío. Nunca tengo dudas de lo que puede estar queriendo decir. La traducción fluye al igual que mi mente y se convierte en un mero transvase de palabras en el que a veces me detengo para degustar la magistral resolución de una idea o para dejar salir la carcajada ante la agudeza irónica de sus analogías. A menudo empiezo a traducir un párrafo y antes de llegar al final sé qué ideas va a enlazar y cómo va a terminar. La música de su pensamiento vibra en mi misma frecuencia. Obviamente hay momentos de duda, que tienen que ver con el léxico o con una anécdota de un libro que no he leído, pero de manera general cuando traduzco a Rizzante el espíritu de Rizzante me posee y yo solo tecleo y disfruto del paseo literario.
Por tanto, en la base del arte de traducir –la traducción también es un arte- está el placer, y este placer, como característica específica de este arte, se articula, en mi opinión, en tres ejes: el homenaje, la posesión y la invisibilidad.


Ciudad de México, noviembre de 2016
Presentación de Diálogos de la forma perdida.
Universidad del Calustro de Sor Juana.


[1] Diálogos de la forma perdida. Massimo Rizzante. Ai Trani Editores. México. 2016. Trad. Carmen Ruiz de Apodaca.

martes, 8 de septiembre de 2015

Aterrizaje extremo 2014

ATERRIZAJE EXTREMO
(Este texto fue escrito en agosto de 2014 tras una estancia de 3 meses en India)



El Zapillo. Carmen Ruiz de Apodaca

Media hora en el Zapillo es suficiente para echar por tierra mis pensamientos horrorizados ante la humanidad que ha pasado ante mis ojos durante mi estancia en la India. La tipología humana que vive en el progreso del primer mundo no puede decirse que haya alcanzado un estado superior sino más bien al contrario, se ha apoltronado en un bienestar que en lugar de elevar sus espíritus ha permitido que sus instintos más bajos dancen a sus anchas en las anchas avenidas asfaltadas de la modernidad. El feísmo generalizado y la vulgaridad consentida resultan mucho más intolerables cuando se dan en el primer mundo.
Si una sociedad inmersa en el progreso, con una población alfabetizada y con cierta igualdad de oportunidades entre sus habitantes no es capaz de elevar su ser es que no merece el confort en el que vive  y acaba convirtiéndose en una plaga parasitaria que devora la estructura de lo que ha costado tanta sangre y tantos siglos construir.

Con las necesidades básicas cubiertas: agua, electricidad, comida y vestido, esta sociedad ha degenerado hacia una estabilidad perversa que involuciona. Si una gran parte de la población india es capaz de vivir en la basura y no percibir el hedor irrespirable de sus calles es una situación infernal producto de la pobreza, de la religión, de la incultura y, sobre todo, de una enfermiza superpoblación. El origen de sus problemas se remonta a muchos siglos atrás y son de otra índole. No es objeto de este escrito abordar este tema sino utilizarlo como contraste y como lente de aumento ante mi estupefacción ante otro modo de vida que hace del hombre un salvaje cuando tiene la posibilidad de elegir otra cosa.
Me pregunto por qué el hombre, cuando tiene casi todo al alcance de la mano para elevar su ser prefiere navegar por lo más bajo de este.

Los gordos siempre me han producido cierto rechazo. A menos que se trate de una enfermedad congénita (y esto no es muy frecuente) el hombre que permite la deformación de su cuerpo por ser incapaz de controlar sus instintos y se deja llevar por la glotonería sin límite me parece un ser repugnante. Alguien que no puede caminar sin hacerse heridas en los muslos por el roce de sus carnes, alguien que no puede hacer el amor ni verse sus genitales pero mantiene siempre sus gruesos y apretados dedos ocupados en sostener un helado de chocolate o un bocadillo me parece un ser que ha perdido su humanidad. La dejadez del cuerpo y el abandono a los placeres me parece una inmoralidad. En la India no es tan común ver gordos (aunque los hay), no solo por la pobreza del subcontinente sino también por la interiorización de los conceptos y la práctica del yoga, además de los preceptos radicales de ciertas creencias religiosas donde el ayuno es parte del ritual de purificación para acceder a la divinidad y a la Verdad. El catolicismo, por otro lado, también considera la gula un pecado capital.  
Un gordo me parece un ser inmoral. Un ser que acapara todo el alimento y lo desperdicia perjudicando su propio cuerpo y provocando un gasto extra para su familia, para el sistema de producción, para el estado.

Me produce repugnancia ver a una ballena disfrazada de mujer tratando de salir del agua, cuerpos patológicamente rellenos de grasa que les hacen caminar como pingüinos, el animal, por otro lado, más ridículo que existe. Si creyera en la reencarnación pensaría que alguien que ha acumulado muy mal karma, no se reencarnará en rata o en mosquito sino en pingüino. Un animal que, además de ser torpe y llevar una dramática y durísima existencia, convive con la tragedia existencial de ser un ave que no puede volar. La perversidad del creador no tiene límites. Los gordos se reencarnarán en pingüinos porque es un pecado acumular tanto alimento para uno solo. El inmensamente gordo no puede sino ser vulgar. Una vez despreciado el interés por el cuidado del propio cuerpo ¿qué interés puede mostrar hacia los otros y su entorno? Quien se desprecia a sí mismo no podrá sino despreciar a los demás. Una vez que el cuerpo crece y se deforma sin control, poco importa el atuendo para tapar las carnes. Por esta zona del Mediterráneo (lugar estratégico y milenario, punto de encuentro entre culturas, fin de la tierra, paraje de sol benevolente) el uniforme es estridente y apretado. Aquí, donde los gordos campan a sus anchas, está de moda la exhibición de las carnes apretadas o fláccidas, poco importa, la obscena presentación de unos cuerpos amorfos asfixiados en exiguos mini shorts, en camisetas sin mangas ni tirantes por donde un abismo de ubres no forman un canalillo sino la desembocadura del Tajo. A este bofetón estético se suman los sonidos chirriantes y deformados de lo que no me atrevería a llamar lenguaje. Me da mucho miedo la plaga que habita la playa de Almería y no deja de reproducirse como conejos creando una curva demográfica que, en el futuro, hará de esta zona privilegiada del Mediterráneo un lugar inhabitable. Los chillidos de las madres sin control llamando a gritos a su prole para que se coma otro bocadillo mientras los patriarcas entierran una sandía en la arena me parece un insulto a la civilización. Los bañadores taparrabos que lucen los adolescentes que se depilan más que sus madres y sus novias, la música de los móviles que suena distorsionada y ensordece el tranquilizador vaivén de las olas…todas esas manifestaciones irrespetuosas con el entorno y con los demás no tienen ninguna diferencia con los gargajos de los indios que escupen sus miasmas en el suelo, ni con sus ventosidades tranquilamente ventiladas, ni con su incapacidad para ver que la calle no es un vertedero. Es exactamente lo mismo, es una agresión pasiva producto de una anulación total del ser y por tanto carente de toda consideración con el otro. Otra cosa más une a los indios con esta especie que habita en el Zapillo: la eliminación de toda barrera entre lo público y lo privado que es, si no me equivoco, uno de los logros de la civilización occidental cuya malinterpretación, por supuesto, llevan al extremo los radicales individualistas de Norteamérica o Japón.

Trato de concentrarme en la lectura de la biografía de Gandhi escrita por José Frèches. Un sonido me devuelve a la India haciendo de mi lectura una perfecta combinación y continuación de los sentidos. Recuerdo los “mantras” de los hombres que venden la verdura y la fruta en sus puestos móviles, en sus puestos-dormitorio, en sus puestos-hogar con ruedas de madera y que gritan repetitivamente algo incomprensible que parece un lamento y que no es más que el anuncio de su paso por el barrio. Pero no estoy en Lajpat Nagar, así que salgo del libro y levanto la vista. Estoy en la playa, una playa atestada de gente vulgar y ruidosa.

Busco el lamento con la mirada hasta topar con un joven de edad indefinida y con algún tipo de retraso mental que está produciendo este sonido. Está peligrosamente delgado y se retuerce en el suelo mientras coge puñados de arena con sus dedos agarrotados y se los echa por encima. Una mujer gitana que debe de ser su madre, una gitana en bikini luciendo todos los colchones mullidos de su vientre, lo agarra de un pie y de una mano como si fuera un cerdo y lo lleva arrastrando hacia la toalla. Lo sostiene en el aire con una fuerza tremenda y se lo pone en su regazo. Le levanta las piernas y le quita sin pudor el bañador y un enorme pañal como si fuera un bebé de 1,75cm. Veo el vello moreno de su pubis y un pene inmenso y oscuro danzando desordenadamente al ritmo que su madre le retira la arena del cuerpo. La escena me deja petrificada. No es la evidencia de una dura realidad existente lo que me aterra sino la gestión de esa realidad. El chico se deja arrastrar y se queda retorcido cerca de la orilla.

Durante todo este proceso no ha dejado de emitir ese sonido repetitivo y grave, como de animal moribundo. Con su cántico penoso continúa echándose arena mecánicamente. Me pregunto qué enfermedad tendrá. Una enfermedad que desde luego le impide tener control sobre su cuerpo y sobre su mente. El chico, que debe tener cerca de 18 años -si no más- de vez en cuando se lleva a la boca los puñados de arena que se echa por encima. Su madre está de pie junto a él pero no lo mira. Piensa que lo está vigilando pero está absorta en el horizonte, no sé qué pasa por su mente, pero su gesto está vacío como si estuviera simplemente en pausa, con esa mirada ajena que tienen los vigilantes de las salas de los museos, no es una mirada de aburrimiento pero tampoco es un silencio elaborado. Un silencio distraído, un silencio obligatorio, un silencio laboral. La madre, con su hijo retorcido a los pies, no puede ver el atracón de piedras con el que el hijo impedido está merendando. De vez en cuando, a través de movimientos compulsivos, el hijo se aleja unos pasos. Cuando la madre se da cuenta lo arrastra de nuevo hasta la sombrilla. Lo arrastra literalmente, de un brazo y de una pierna, sin tener en cuenta si tiene la espalda doblada y el cuello retorcido. Lo maneja como un pelele con los ojos desorbitados y la boca abierta. Retorcido como está, presiona su cabeza para que la apoye en la toalla. Pienso que así no podrá respirar. Es probable que el chico sufra un problema de huesos. Los cuidados de la madre solo podrán empeorar su situación. Pienso en los niños de Benarés, en los enfermos de Benarés, en las madres de Nueva Delhi que dejan a sus bebés jugar entre la basura. Algunas madres, ante la adversidad, pierden todo el sentido común.

De pronto, una chica morena con grandes gafas de sol, camiseta blanca, pantalones anchos de muchos colores y mochila a la espalda, se acerca a la madre gitana. No puedo oírlas pero intuyo su conversación por los gestos. La chica le está preguntando sobre la enfermedad del hijo. Probablemente le esté preguntando si recibe alguna ayuda económica o médica para sus cuidados o si sabe algo de la enfermedad de su hijo y sobre cómo tratarlo. Mientras dura la charla, el chico se ha ido arrastrando y hundiendo de vez en cuando la cabeza en la arena concentrando su mantra hasta alcanzar la toalla de unos bañistas de origen árabe que miran horrorizados la desbordada presencia. La chica saca su móvil y apunta algo. Por fin se dan cuenta de la escena de pánico de los vecinos de playa y la madre acude a rescatar a su hijo. La chica de grandes gafas se despide y se va. La madre vuelve a llevar a rastras a su hijo hacia la orilla.
Pienso que aquí, al menos, este tipo de situación aún llama la atención y hay alguien que es capaz de entrar en contacto para tratar de cambiar determinados comportamientos inhumanos producto de la incultura. En la India, esto me parece imposible. En un país trágicamente superpoblado en el que la inmensa mayoría ha perdido el sentido común o carece por completo de sentido cívico, es difícil actuar caso por caso. Se necesitaría un ejército para mejorar su situación. Y contando con ello, quizá gritarían “¡vivan las caenas!”. ( A esta hipótesis llego después de haber tratado con varios indios que aseguran que los pobres, al menos de Nueva Delhi, prefieren la pobreza, prefieren pedir limosna en un semáforo que trabajar porque ganan más con la caridad y con las ayudas del gobierno. Mi cuñado me contó que durante un tiempo estuvo haciendo la prueba. Cada vez que un mendigo se le acercaba a pedir limosna, mi cuñado le decía que lo contrataba para trabajar en su casa arreglando las plantas del jardín y estando a su servicio. Ninguno aceptó la oferta y los candidatos prefirieron sus aceras a las habitaciones de mi cuñado.

Unos niños pasan corriendo y se detienen encima de mi toalla llenándome le libro y el cuerpo de arena. Emiten algún sonido que mi buena educación interpreta como una disculpa y siguen corriendo. La playa se está llenando de manera inverosímil. Los gritos ordinarios y descontrolados procedentes de todas partes obstaculizan mi lectura. Los muslos celulíticos por doquier y los peinados de peineta en cabelleras oxigenadas me empiezan a poner de mal humor. No es lo que yo tenía en la mente cuando decidí pasar una tarde apacible de playa tras mi regreso a Occidente. Dos grupos de personas rodean mi espacio y plantan sus cosas a medio centímetro de mi toalla. Decido que ya he tenido suficiente. Recojo mis cosas y abandono la playa.

Entristecida por mi jornada frustrada, pensando en que casi es preferible la miseria y la incultura de un pueblo que, desgraciadamente no ha conocido otra cosa, a un pueblo consciente que ha erigido la vulgaridad como dios, camino hacia casa. Pienso en la India y siento nostalgia. Me alejo del paseo marítimo y el paisaje rebaja su intensidad. Casi no hay nadie por la calle. Una chica se me acerca y me da un panfleto sobre una ONG que se dedica a la defensa de los delfines. Me parece que estamos en un mundo de locos. La ONG en cuestión trata de evitar el cautiverio de los delfines que son destinados a los parques acuáticos para hacer espectáculos de natación sincronizada ante la dominante casta de turistas. Me parece fenomenal la iniciativa pero en mi cabeza todo da vueltas y no tengo dónde agarrarme.  

Trato de no pensar más. Me dejo llevar y disfruto por un momento del vacío de la calle y de los suelos asfaltados, del orden urbano, de las palmeras bien erguidas y de las aceras limpias. A lo lejos, veo acercarse un grupo de niños en bicicleta. Los veo reírse con malicia e intuyo lo que va a pasar, a fin de cuentas, tengo memoria y he vivido aquí mucho tiempo, pero uno olvida y se sorprende. Uno de ellos, que no tendrá más de doce años, conduce su bici a toda velocidad. Cuando se aproxima a mí hace un quiebro como si fuera a atropellarme y luego me esquiva en el último segundo. Estoy llena de ira y le digo “muy gracioso” con todo el desprecio que pueden mostrar mis ojos. Entonces grita “¡cómeme la polla!” y le respondo automáticamente “¡que te la coma tu madre!”. Me siento tan mal que tengo ganas de volverme a la playa y darme un baño para purificarme.

Una tristeza infinita me invade ante esta violencia gratuita. Quiero llegar a casa y no salir más.



martes, 2 de junio de 2015

Horror Vacui

Holy Motors.

Cuando el motor del cambio es el vacío lo transformado adquiere una estúpida complejidad.  Es el caso del lenguaje. Acabar con la polisemia y tender a especificar cada vez más debido a una cuestión ideológica (políticamente correcta) vuelve al lenguaje un enfermo: un paralítico siempre temiendo caerse.
Un síntoma de esta minusvalía es el absurdo y repetitivo gesto de las comillas manuales, con los dedos índice y corazón a ambos lados de la cara como si el rostro fuera el texto. Es bonito como metáfora, el rostro es otro texto, pero no creo que se trate de poesía.
En la oralidad, cuya libertad debería dejar fluir el pensamiento y olvidarse de unas reglas ortográficas de un medio que no le es propio,- dado que nos encontramos inmersos en una cultura de la imagen absoluta y donde el lenguaje, reducido y disfrazado, de fiesta, ha dejado de significar- nos aferramos a la imagen escrita de la palabra o del concepto. Por tanto usamos nuestro gesto como bastón de la tipografía. La oralidad también está paralítica.
Del mismo modo que usamos una imagen para ilustrar las palabras en una comunicación oral (las dichosas comillas manuales) subestimamos la escritura y le añadimos imágenes para sostener un discurso, para subrayar la intención. Transmitir la ironía ha dejado de ser un uso virtuoso de la palabra y el sentido porque no hay más que poner una carita guiñando un ojo para que se capte la idea. Las muletas perniciosas de la comunicación escrita son el limitado reino del emoticono.  Y se subestima el lenguaje al no considerarlo lo suficientemente rico como para transmitir intenciones sin necesidad pictórica (de otro modo, estaríamos volviendo a un estado primitivo del lenguaje y la evolución de las lenguas no habría servido para nada -una nueva gran broma de la historia), pero quizá ya no se trate de lenguaje, ya no se trate de comunicación sino de información; no de expresión sino de emoción.
Así las cosas, estamos llenando al lenguaje de artefactos, decorándolo con una mínima pero constante cantidad de adornos que obstaculizan su naturalidad y desvían su fin. Estamos viviendo el rococó del lenguaje, que como sucedió siglos atrás, procede de un profundo horror vacui propio de una época en decadencia.
El lenguaje de las redes sociales y de los medios de comunicación instantánea se contagia en los modos de expresión orales creando en la realidad escenas realmente cómicas. Así, tras un encuentro (real) entre amigos y después de los rigurosos besos y abrazos (cada vez nos queremos más) puede uno escuchar tras el “adiós” un aparatoso “un besito”.
Parece que la frontera entre los distintos tipos de lenguaje es cada vez más indefinida, imprecisa. Además de otros muchos motivos, se debe también a que el lenguaje está cada vez más ideologizado. Está cambiando mucho en muy poco tiempo. Está volviéndose torpe y titubeante. Ha perdido homogeneidad (aunque parezca paradójico), ha perdido fuerza. Ahora, escoger una palabra ya no depende tanto de un acto natural de selección entre el repertorio adquirido mediante una educación y dominada por el matiz, la precisión, la belleza o el sentido sino que está sodomizada al significado simbólico, ideológico. La manera en la que tiende a expresarse un individuo ya no denota tanto su nivel cultural como su postura política. Una persona que elabora un discurso de 30 líneas pudiendo hacerlo en 10 (pues el resto no aporta nada al contenido del texto) pone en evidencia que el motor de este discurso no es una intención comunicativa sino propagandística. Echando un vistazo a las reseñas y artículos sobre  la publicación de La literatura como bluff (1950), famoso panfleto de Julian Graq publicado por primera vez en España en 2009, encontré una reseña interesante no por su contenido sino por su forma.  El texto tendría unas 60 líneas (en tres columnas pequeñas de unas 20 líneas cada una) el autor había tenido la astucia de introducir cuatro veces un adjetivo cuyo sufijo es ambiguo, puede serlo todo, pero es vago. Leer “escritores/as”, “autores/as” cuatro veces en un breve fragmento sobre la publicación sarcástica y crítica del bufón Braq (como el bufón Gombrowicz) quien probablemente se mofaría de semejante ocurrencia, me parece como mínimo, poco respetuoso con la obra de un autor. Y no es respetuosa porque  el foco ya no está en lo que el libro tiene que revelarnos con su lectura sino en  la pancarta tras la cual se esconde una figura política a la que le han dado un espacio en un diario en el que no tiene nada que aportar más que más ideología.  No diré quién es el/ la autor/a.
Se trata, pues del rococó del lenguaje, y por tanto, un rerococó en la cultura, y por tanto una decadencia decadente. La sofisticación  del lenguaje producida por los neologismos y anglicismos de la era digital viaja a toda velocidad sobre los raíles paralelos de una sintaxis simple pero extensa. Repetitiva. Influencialización, influenciado por, explosionar…amén del uso delirante del sufijo auto incluso en los verbos reflexivos, morfológicamente o no, que llenan de redundancia cada enunciado: autoconcienciarse, autoreflexionar. Como dijo Óscar Pujol, antiguo director del Instituto Cervantes de Nueva Delhi, “las lenguas modernas son redundantes”.


Baelo Claudia. Carmen Ruiz de Apodaca

La cuestión del lenguaje inclusivo, no machista es una deriva más de los tiempos y se lo debemos al logro del feminismo talibán que ha conseguido borrar de la historia de la lengua la palabra fundacional de la civilización, la palabra hombre. Y no solo se trata de lenguaje. Condenar una palabra es condenar una realidad y la realidad es que el hombre actual se siente culpable de ser hombre y no actúa como tal por miedo a ser represaliado por su antiguo estigma de macho dominante maltratador. El hombre se ha conformado con su nuevo estatus de patriarca disminuido. Las fronteras del lenguaje se han desdibujado del mismo modo que las fronteras entre los sexos. Así que el hombre ya no existe. No sé qué van a hacer ahora con los libros de historia: “El hombre y la mujer Cromagnona”, “Las personas Cromagnonas”. Es posible que el lenguaje haya cambiado de manera similar a lo largo de la historia pero la evolución de una lengua siempre es económica, tiende a sintetizar, a contraer no a elaborar sintaxis cada vez más extensas. El vacío relleno de redundancias. Hace mucho que ha dejado de ser extraño oír o leer “las personas humanas”. Además de aniquilar algunos términos como el mencionado hombre, que ha dejado de definir a la especie humana en general y solo significa varón, tenemos otros cuantos términos que han sufrido el mismo destino: el ostracismo. Como la palabra “sexo” para diferenciar entre hombre y mujer, que ha sido aplastada por el vago género que en español se utiliza para la persona gramatical no la humana.
Este asesinato léxico no es solo producto de la ideología feminista sino que también responde a la ola de especificidad, la plaga de la especificidad que venimos sufriendo.  Y en ella, la simplicidad. La muerte de la polisemia es uno de los desastres culturales  más palpables de esta era y un síntoma más de que el lenguaje se ha convertido en ideología y opera sus cambios en función de las sensibilidades sociales en lugar de operarlos según su uso natural y su evolución histórica. Pero el devenir de las cosas nos entrega perlas que compiten con la imaginación literaria por ficticia y cómica que puede llegar a ser la realidad. La manifestación de los gitanos pidiendo que se quite del Diccionario de la Real Academia una de las acepciones que los califica de rateros,  me parece un argumento inmejorable para una obra cómica.  
Además de la muerte de la polisemia, el lenguaje de pronto empieza a significar otra cosa lo que crea cierta confusión y malentendidos. Ya nada es lo que parece y nadamos con manguitos en el océano del eufemismo institucionalizado.
Resulta paradójico ese integrismo con el lenguaje en esta era de la especificidad técnica de los lenguajes y los saberes. Pero seamos optimistas. En el momento en el que las fronteras desaparecen aparece la libertad para reinventar, construir, modificar, establecer otras fronteras más complejas que formen un todo que nos defina en su expresión. Sin embargo, nos estamos hundiendo en el pastiche y, a la vez que lideramos el “todo vale”, un departamento universitario o empresarial (ya no hay mucha diferencia) se dedica a clasificar cada bisagra del todo y darle un nombre, un tecnicismo para que todo esté bajo control. Quizá esta tecnificación del lenguaje sea otro instrumento más de la mentalidad capitalista que ha invadido todos los ámbitos. Cada vez que alguien acuña un término abre la posibilidad de crear una categoría, una disciplina que acogerá la sociología para crear una nueva asignatura, un máster, un congreso, un premio, unas publicaciones y así seguir manteniendo a un montón de adultos que se dedican a analizar, por ejemplo, el fenómeno “selfie”.


Mall. Carmen Ruiz de Apodaca

En esta especificación –que se quiere confundir con especialidad- impuesta al lenguaje parece haber una campaña de marketing que se articula gracias al ansia de clasificar. Porque el lenguaje se ha convertido en otro producto de consumo, en otro instrumento al servicio del poder para forzar a los consumidores a que sigan consumiendo y consumiéndose. Es espeluznante ver lo rápido que la sociedad acepta y asimila esas nuevas pastillas léxicas que los unen como grupo. Que los etiquetan. 
El capitalismo crea la especificidad, crea la patente, para crear nuevas necesidades y hacer de su mercado una política dominante -por soterrada- y de sus consumidores, súbditos. Súbditos contentos. Amplía su mercado, sus clientes, subdividiendo las necesidades de consumo en la clasificación ilimitada de mínimas variaciones. Esto da como resultado unos consumidores agotados, trastornados y egocéntricos. La constante toma de decisiones, por muy fútil que sea, provoca un gasto de energía precioso que nos deja atolondrados el resto del día. Si uno pretende comprar un cartón de leche en un gran supermercado en cinco minutos y volver a casa se llevará una desilusión. Una vez encontrado el pasillo correspondiente a los lácteos, se verá empequeñecido ante los inmensos estantes con, al menos, 20 posibilidades distintas. Todas las marcas con todas sus variaciones: entera, semidesnatada y desnatada. Enriquecida con calcio. Enriquecida con calcio y desnatada. Enriquecida con calcio y sin lactosa. Enriquecida con calcio y para lactantes. Enriquecida con calcio y con vainilla. Sin calcio….haré una lista más específica. Elegir un cartón de leche puede llevar más de un cuarto de hora. Quizá el mundo está hecho para los que lo tienen todo muy claro, los que saben qué tipo de leche toman, que champú es el adecuado teniendo en cuenta su color, su volumen, su longitud, su forma, su caspa, su textura, su sequedad, su desgaste, el periodo estacional, la zona geográfica. Pero los que tenemos dificultades para la elección súbita, eso es otra historia. Es un laberinto de posibilidades en las que uno puede detenerse, curiosear, pero este tipo de curiosidad me parece que no es nada productiva, es más bien de entretenimiento. La vana curiositas de San Agustín, que citaba Massimo Rizzante[1] para entender la mirada infantil del arte contemporáneo hecho por y para infantosaurios, una especie que de los 18 a los 75 años tendrá la misma edad hasta el día de su extinción.
Y en este estado de perpetuo entretenimiento, de embriaguez de libertad clasificada, la cultura pretende emerger de la misma manera. Convirtiéndose en producto de consumo masivo, lo que necesariamente desvirtúa al arte.
Vivimos en una proliferación de movimientos culturales, museos, espacios dedicados a las artes y a las ciencias. Puro continente sin contenido. Una protección de una cultura de mercado, que no un mercado de cultura que, por otro lado, ha existido siempre entre las élites. Hay casi tantos ayuntamientos como asociaciones y centros de cultura de recién apertura, megalópolis de cultura enlatada, parques de atracciones de la cultura donde tiene que generarse cultura. Premios literarios que tienen que ser entregados; salas de exposiciones que tienen que mostrar algo.
Pero no siempre hay algo que mostrar, habría que decirle a este tiempo. Hay veces que hay que contemplar, echar la vista atrás y contemplar con los ojos más abiertos, lo suficiente como para querer otra cosa. No la copia, no la repetición eterna en un eterno presente muy estridente y presumido.  Después de la inauguración de ciudades de artes y de espacios culturales donde todo tiene cabida se espera que se genere arte. ¿La cultura se puede generar en un laboratorio? Obras, se pueden crear en un espacio cerrado. La cultura creo que no. Se quiere crear cultura, fabricarla, producirla en serie. Además está muy de moda, es muy políticamente correcto. Porque lo políticamente correcto es otro concepto que ha sido desplazado. Lo políticamente correcto era lo que la censura iba a tolerar, lo que el poder iba a aceptar sin que esa manifestación pusiera en peligro sus pilares y beneficios. Lo políticamente incorrecto iba a contracorriente, entrañaba sus peligros, era una postura valiente, compleja y difícil de entender por la inmensa mayoría. Sin embargo, ahora lo políticamente incorrecto es lo políticamente correcto; porque todos han aprendido consignas de revolución pero sin desembocar  en revolución, lo que es un poco bochornoso.  Ahora que todo el mundo quiere destruir el sistema, ahora que todos están desengañados,  ahora que todos han perdido la fe, ¿cómo ser políticamente incorrecto, cómo escandalizar y provocar cuando se han sobrepasado todos los límites de lo obsceno y además desde una gran vulgaridad? Uno no puede ir a contracorriente en masa, porque haría de su caudal otra corriente. Es imposible. Es un síntoma de una cultura esquizofrénica y llena de insatisfacción. Mi generación es la de las mentes sin centro con un pasado que miraba hacia un futuro que jamás se realizaría.


Zahara. Carmen Ruiz de Apodaca

Así que del mismo modo que proliferan los espacios culturales, proliferan los premios literarios y los talentos. La época más talentosa de la historia del hombre. En este estado de libertad intelectual, todos son hostigados a mostrar sus talentos. Aunque la creatividad no es creación, ni el talento tiene por qué tener genio. Para detectar a un genio entre mil candidatos, se necesitaría otro genio más que lo escogiera a él de entre los demás. Dos genios entre mil personas me parece poco probable. Así que el genio se esconde entre la masa de artistas que trabajan su mismo arte pero no son genios. ¿Qué harán para hacerse notar sean genios o no? Hacer su carrera. Estar en todas partes en las que pueda darse a conocer, tener siempre algo interesante que decir  y dedicarse, en fin a otra cosa, a la vida social que eso entraña. Presentarse a todos los premios, darle la mano a un montón de gente de negocios, generalmente, prostituirse. Nada que ver con el arte. El genio no puede convencer a un jurado, se necesitarían dos genios. A día de hoy hay más premios y subvenciones o escuelas y mecenas artísticos que en toda la historia de la humanidad. Hace 30 años, había gente que no sabía leer y no había ido, por supuesto, a un teatro o a un cine en su vida. Hoy creo que hasta el pueblo más perdido de las montañas del Pirineo tiene una ópera. Y es fantástico no tener que salir de tus estepas para adentrarte en el Moma, pero eso no significa que seamos más cultos. Más bien todo lo contrario. La cultura es un todo, forma parte de un camino, el arte no existe aislado y descontextualizado. No se entiende. Y si gusta, es un gusto infantil, un capricho. Nada que ver con la expresión de una época. Poco importa saberse de memoria todos los cuadros colgados en una exposición sobre el Expresionismo alemán si se desconoce la historia europea de finales del siglo XIX y principios del XX, la sociedad que vivió el inicio de una guerra que marcaría su historia y, como no podía ser de otro modo, su arte. El arte es exquisito.


Por Houellebecq. Carmen Ruiz de Apodaca

El exceso de especialización no crea sociedades más sabias ni mejores sino más técnicas y mecánicas, fácilmente domesticables ya que su alto grado de especificidad, las hace ignorantes en todo lo demás. Los planes de estudios y las continuas reformas en la enseñanza universitaria así como en la secundaria obligatoria ya están asfaltando ese camino: el camino de la ignorancia generalizada. Una suerte de regresión al lugar del que todos huimos: el de la barbarie. Diseminar las disciplinas y encapsularlas no nos ha hecho más conocedores de la realidad sino más incultos. Un filólogo debería tener la misma base que un jurista o un historiador. Pero que un filólogo no tenga una enseñanza común a otro filólogo de otra lengua es incomprensible. En la era de la globalización, en lugar de abrazar la Wertliteratur, se abraza un localismo realmente prescindible. Repito lo de siempre; probablemente una idea que me surgió al ver por primera vez Metropolis o Tiempos Modernos: unos pocos serán capaces de introducir el tornillo que hace funcionar la máquina e ignorarán por completo el modo de sacarlo ni quién lo saca. Podría ser que el proyecto fuera alcanzar la casta de los trabajadores. Es probable que Huxley no vaticinara nada sino que unos intelectuales copiaran la idea (pensar es un peligro; escribir lo pensado, un peligro público…esto lo explica muy bien Ricardo Piglia cuando ficciona el encuentro entre Hitler y Kafka) que ya se está poniendo en práctica gracias a la anestesia generalizada. Hay que tener cuidado con lo que se piensa, sobre todo, con lo que se dice. El hombre es perverso y succiona las pesadillas ajenas. Cuidado con las utopías, son generadoras de ideas.


Birkenau. Carmen Ruiz de Apodaca



[1] No somos los últimos. Massimo Rizzante.

martes, 28 de octubre de 2014


EL APESTADO



El apestado era aquel que padecía de la cruenta y mortal enfermedad de la peste negra o bubónica. Una enfermedad terrible que acabó con gran parte de la población europea del siglo XIV. El horror de la peste no radicaba únicamente en el dolor y la degradación física de quien se contagiaba sino también en la exclusión que suponía. Aquel que la padecía trataba de esconderlo para no acabar muriendo solo en la miseria de las noches sin abrigo donde ya ni las ratas subsistían. Era difícil camuflarse pues los ganglios se inflamaban de manera espectacular y la zona se oscurecía. La gente huía despavorida del apestado ya que, además de mortal, su enfermedad era extremadamente contagiosa. Al apestado se le señalaba y aislaba, se le expulsaba de la vida antes de que la vida lo expulsara a él definitivamente. El horror del olor de la muerte dejaba solos ante la misma muerte a millones de hombres que murieron de peste. Es probable que aun sigan existiendo lugares en la tierra donde esta enfermedad persista, en nuestra sociedad moderna y esterilizada, que yo sepa, está totalmente erradicada sin embargo, el estigma del apestado continúa.


La humanidad siempre se las ha arreglado, ayudado o no por la imprevisible naturaleza, para señalar individuos y hacer más dura su errabunda existencia: los San Benitos, la cruz de David pintada en las puertas de los establecimientos judíos, por nombrar solo un par de ejemplos de épocas muy distantes entre sí. De este modo, la marginación de un individuo o comunidad se convierte en una suerte de festividad o vía de salvación para el que ha conseguido librarse del estigma. El escarnio es algo que a la humanidad “civilizada” le ha fascinado desde los tiempos del Imperio Romano. Sin embargo, el hecho de que una sociedad rechace a un determinado grupo no responde, en la mayoría de los casos, a un acto de libertad sino a la manipulación que sobre estos colaboradores del estigma ejerce el poder en función de sus intereses.




Uno de los fenómenos más recientes es la batalla en contra del tabaco y los nuevos apestados: los fumadores. Son apestados en sentido literal pues el fumador huele a tabaco, como las abuelas a violetas y el alcohólico a Bourbon. Pero el problema no es el olor, es la ideología que subyace. Hay que marginar al enfermo de nuestros días y erradicar la epidemia del tabaco. Lo sorprendente es la facilidad con la que el gran público, llámese sociedad democrática, entra en los juegos del sistema y no duda un momento antes de cargarse, por ejemplo, toda una iconografía ligada al tabaco y que se ha manifestado en el cine, la pintura y la literatura. Desde que a Lucky Lucke le cambiaron su cigarrillo por una pajita de trigo, empezó la manipulación y la idea de que el individuo es estúpido por naturaleza y se le puede reeducar a través de las imágenes y la publicidad. No estaban desencaminados los americanos, como casi nunca. A partir de la ley antitabaco española, encender un cigarrillo es motivo de afrenta. Hace muy poco tiempo no pasaba nada si alguien sacaba el tabaco de su bolsillo. Ahora, hagan la prueba, el sonido de un mechero puede ser el detonante de una metralleta de miradas horrorizadas en busca del delincuente que ha osado perturbar el espacio purificado de nuestras urbes. Se oye de todo, falsos ataques de asma, frases entre dientes, insultos, compulsivos movimientos de manos aireando las caras acompañadas generalmente por gestos de desprecio. Me pregunto si la gente se ha vuelto totalmente sensible al humo o se ha vuelto tan imbécil que se irrita al dictamen del discurso dominante.



Me resultan bastante cómicos los carteles de prohibido fumar. ¡Es el colmo de la hipocresía! Es como si los herederos del sesenta y ocho tuvieran tan mala conciencia que no se atrevieran a llamar a las cosas por su nombre e hicieran uso de los más estrambóticos eufemismos. Ni si quiera el cigarrillo está tachado porque en nuestro paraíso de libertades toda censura se arbitra soterradamente. “Espacio sin humo”, es genial, el sarcasmo institucional vampirizando las metáforas de la lengua para denigrar al apestado fumador. En esta frase aparentemente inocente hay mucha mala leche. Además de lo peyorativo hacia el fumador hay una profunda intención de hacerle sentir culpable: además de enturbiar (en todos los sentidos) el ambiente, es también más responsable que el resto de los mortales de la catastrófica contaminación del planeta. Es para morirse de risa.
No me extrañaría que de aquí a un tiempo nos tatuaran un número y nos hicieran desfilar con nuestras apestadas pertenencias a un gueto de la periferia.

Estamos hablando de tres tipos de apestados que afectan a tres esferas de la existencia: la primera tipología –que en realidad no ha sido más que el pretexto para iniciar este texto – es  de índole física y afecta a un sujeto paciente; la segunda es de índole política y afecta a un sujeto activo y la tercera es de índole moral y afecta a un sujeto pasivo.


La tercera tipología de apestado es mucho más moderna, mucho más sutil y mucho más demoledora. No es ni más ni menos que otro tipo de dictadura. Aclaremos el concepto de dictadura: aquel sistema o comunidad que impone unos usos, una ideología, una literatura, una moda a los que no lo han elegido de manera voluntaria. No soy ni mucho menos la primera en afirmar que en este estado de supuesta libertad somos más esclavos que nunca.  

Me dejaré de rodeos, hablo de la dictadura Facebook.  Y el nuevo apestado, el apestado pasivo, es el que no hace uso de esta Red. El que no utiliza Facebook está marginado. Su exclusión no es directa, aparentemente nada cambia, pero poco a poco lo virtual se impone y si no tiene su vida expuesta en el escaparate Facebook no tiene vida y, por tanto, no existe. Es como un miembro de la comunidad Amish que ha sido excomulgado, ya no tiene nada que hacer es apartado y evitado. A no ser que se arrepienta.

Hace muy poco, discutiendo sobre este tema con un amigo, este me decía que tenía que aceptar que los modos de comunicación han cambiado y que hay que amoldarse; tenía que entender que si no estoy al alcance de un “clic” de ratón, nadie se va a tomar la molestia de descolgar un teléfono o de escribir un email personal. Bien, entonces hay que conformarse con lo que tal o cual “amigo” ha escogido de su vida, mostrada por igual a centenares de personas, para saber sobre su existencia. Si todo se comunica a través de esta red, probablemente no sabré si un amigo que vive en Pekín ha pasado unos días por mi ciudad porque no he estado pendiente de sus pasos a miles de kilómetros de distancia.

No puedo dejar de ver esto como un síntoma inequívoco de la decadencia de nuestra época. Ni puedo dejar de ver Facebook como la inmensa sala de espera de un psicoanalista atestada de superegos deseando satisfacer sus espejismos narcisistas, deseando la aprobación general de cada uno de sus pasos, de cada minuto de su vida.

Me resulta patológico que una persona que está dando una cena en su casa desaparezca de pronto con su cámara para colgar en Facebook las fotos que acaba de hacer con sus comensales y que toda la Red apruebe y aplauda con sus comentarios el acontecimiento en tiempo real. Es lo más parecido a Gran Hermano. Al menos los concursantes del programa no sabían lo que el público pensaba de ellos hasta que no salían de su cautiverio televisado. Patológico me resulta también que el ordenador se haya convertido en un comensal más, en un invitado de honor y que las pocas ocasiones en las que los amigos virtuales salen de la pantalla y se colocan uno frente a otro (para hablar de la misma red) se dejen con la palabra en la boca porque alguien ha colgado una foto en su perfil de Facebook: una foto cada vez más estudiada, más rejuvenecida, más “cool”. Hay una contaminación narcisista importante que sigue alimentado lo que en realidad no se es.




Otro de los aspectos peligrosos que he percibido entre los adictos a Facebook es la deriva New Age: misticismo, teorías conspiratorias, tarot, eneagramas, astrología y fin del mundo. Conocimientos de fascículo e ideologías tan maniqueas como contra las que  luchan.

Creo que muchos de ellos ya son expertos en descifrar criptogramas egipcios y en física cuántica. En secretos de Estado norteamericanos y entresijos del Pentágono. Todo es una gran mentira, dicen. Y de ahí, digo yo,  surge una nueva fe.

Me parece fantástico que el hombre sea producto de un experimento de seres inteligentes procedentes de otra galaxia y si es así espero que vuelvan pronto. Mientras tanto mi existencia está en la tierra, mi fantasía en los sueños y en la ficción, pretendo que mis relaciones se basen en la cercanía íntima y en el interés concreto de una persona. Una persona concreta con quien la relación pueda avanzar en lo que nos une y en lo que descubrimos; en la sorpresa de una experiencia, de un deseo, de una idea, de una pieza de música que la conversación y el ambiente nos ha llevado compartir, que, en definifiva, ha fluido con la normalidad de la cercanía. No porque treinta personas han comentado esa experiencia o esa manifestación artística en el vacío y sin contexto. En el catálogo de la cita, en el muestrario de conocimientos del que hacen gala los perfiles de los caralibros, ¿qué podremos recordar?

Hace no mucho, Javier Marías publicaba un artículo llamado Red de pardillos. El argumento principal era la ingenuidad de los usuarios al poner por escrito en Internet una inconmensurable cantidad de información personal (proporcional a la desorbitada cantidad de información de la Red) que puede ser utilizada en cualquier momento en su contra.

Efectivamente, si los drogodependientes de Facebook hubieran vivido los años más duros del comunismo o de cualquier otro totalitarismo cuyo método de supervivencia consistía en el silencio y en la sospecha, en que todos se sintieran espías de todos y por tanto espiados por todos y por tanto culpables y sumisos, se lo pensarían dos veces antes de dar tantas explicaciones. Pero claro, esto nunca va volver a suceder...Sin embargo para mí la fatalidad reside en la ausencia de distinción entre lo público y lo privado. Y en ese punto es donde acaba el individuo. Y acaba convirtiéndose en un tornillo más del inmenso engranaje del sistema. Solo, indiferente e igual a todos, igualmente ignorante e incapaz de hacer otra cosa que dar vueltas sin saber quién da la orden ni qué hace, verdaderamente, el tornillo de enfrente.



Pero nada de esto afecta a Facebook porque en Facebook todos son esbeltos y atractivos, todos son amigos de todos, ingeniosos y guapos, aventureros, inteligentes, todos comparten intereses, artículos, vídeos, pajas mentales. Es un mundo feliz, y quienes no participa en él, son salvajes que pronto vivirán en las reservas de la realidad.


Madrid, 13 de octubre de 2010.





Patrimonio inmaterial, turismo y humor

Artículo publicado en  francés en 2013 en L'Atelier du Roman nº73, Flammarion. París. 


París, Carmen Ruiz de Apodaca


El biyelgee mongol; el canto ca trù; el espacio cultural de los suiti; el rito de los Zares de Kalyady; el sanké mon, rito de pesca colectiva en la laguna de Sanké; Semah, ritual de los alevi-bektaşis; el Sinjska Alka, torneo de caballería de Sinj; el sistema normativo de los wayuus, aplicado por el pütchipü´üi (« palabrero »)……

                  Esta extravagante lista, amputada arbitrariamente, me envuelve en la ficción de estar leyendo un poema surrealista. Veo a cinco o seis amigos gamberreando alrededor de un escritorio cruzado por el humo de sus cigarrillos mientras ríen, en trance, ante la ocurrencia poética. La recopilación romántica en busca de lo exótico desconocido. Un Aleph de tradiciones y de historia reunidos en unas pocas frases llenas de color. Un homenaja a Perec y su arte de la clasificación, un guiño al coleccionismo de Benjamin, una melancólica enciclopedia de los muertos. El arte de la catalogación.

Sin embargo, no estamos ante un acto vanguardista, pero casi.  

               ¿Qué es el patrimonio inmaterial ?[1] Sobre todo, un bonito nombre. Más parece un título de una novela de Danilo Kiš o de Italo Calvino. Sugerente, aunque los nombres vinculados a lo no tangible, lo virtual, lo invisible, comienzan a resultarme sospechosos y a asociarlos a otros menos poéticos como hipotecas, déficit y capital. 

                 La idea me gusta. Me resulta tan poética y tan literaria que me cuesta entenderla dentro del marco político internacional. Ahora y aquí, donde todo tiene cabida, donde todo se discute, donde todo es posible -como la creación de una ley que expulse a los muertos de sus infiernos y los lleve directos al paraíso sin necesidad de hacer parada en el denso purgatorio- donde la mezquindad gobierna, surge una iniciativa filantrópica para proteger culturas y tradiciones que se vienen abajo, que se diluyen como toda la tinta de nuestra historia europea en el pantano de nuestro olvido.  

                Me dejo llevar por el altruismo de las naciones en cualquier lugar del globo. Abro los ojos y, un momento, ¿cómo se puede preservar una cultura en un mundo en el que la cultura está mal vista, el mal gusto predomina y lo único permanente es el efímero presente continuo? ¿Cómo se puede « salvaguardar » una cultura sin encerrarla en un museo o en una reserva indígena ? ¿En qué se convierte una práctica tradicional después de ser galardonada con la denominación de Patrimonio Cultural Inmaterial? ¿Habrá que ir a verla? ¿Será parada obligatoria en los tours turísticos que abarrotan las ciudades con historia?   

                Me preocupa el catálogo de requisitos que debe cumplir una manifestación cultural « inmaterial » para llamar la atención del comité de selección de candidatos. Lo que me preocupa es que estos candidatos empiecen a desnaturalizar sus tradiciones para embellecerlas y hacerlas más atractivas a los ojos de la cultura que va a decidir si entra en la lista o no. Por ejemplo, se me ocurre, que una de las condiciones sea que un número, digamos, no más cien de personas mantengan en la actualidad esa tradición. Se me ocurre que una población de, digamos, 120 personas mantiene actualmente una tradición que cumple con el resto de los requisitos. El líder de dicha comunidad ¿podría ser capaz de cometer un genocidio para tener la oportunidad, al menos, de participar? Espero que nadie se irrite por este comentario, como dije al principio, se trata de surrealismo. (Si me he sentido forzada a escribir esta última frase quizás deberíamos plantearnos presentar al Humor como candidato a recibir la mención de Patrimonio Cultural Inmaterial. Creo que cumple todos los requisitos : lo practican muy pocos, está ensombrecido por una cultura dominante –la cultura de la gravedad-, es una práctica liberadora que nos lleva a los orígenes, es un ritual y es únicamente humano. Es único pero tiene diferentes idiomas).

               No cuestiono los objetivos sino las consecuencias. No dudo de las buenas intenciones de la UNESCO, pero me da miedo el efecto. El pánico es el turismo. No sé si está entre las finalidades del proyecto pero algo considerado Patrimonio cultural, inmaterial o no, por la UNESCO es como tres estrellas Michelin en un hotel de Provence. No sé si se quiere activar el turismo en determinadas zonas menos transitadas, pero sí sé que el turismo ha devastado todo resquicio de cultura, que ha violado espacios y monumentos y ha blasfemado en los templos. Aunque parece que el turista (y digo turista, no viajero) representa la sociedad del bienestar, la tolerancia y el diálogo entre culturas. Sí, parece que el turismo es cultura, y que le gusta la cultura. Sí, no hay más que ver los museos: colas que dan la vuelta a los robustos edificios de las más prestigiosas pinacotecas cuyas salas cada vez se parecen más a un concierto de los Rolling Stones. Quien haya sufrido epilepsia sabrá lo peligroso de ese tipo de espectáculos. Las luces blancas intermitentes provocan naturalmente los espasmos. Por eso hay quien va últimamente con gafas de sol a las exposiciones: los flashes constantes de las cámaras de sus turistas podrían provocar una crisis que nada tiene que ver con el mal de Sthendal que, en ese lugar, es lo único que debería provocar. 

¿Qué hace un turista en un museo ?

Hace fotos.

Y ¿qué hace cuando sale del museo ?

Ve las fotos que ha hecho.

¿Qué recuerdo le queda al turista que viene de ver las Meninas ?

           La misma que antes, porque sus ojos no estaban en la imagen real, estaban en su pantalla digital. No podrá decir que ha visto el más impresionante cuadro de Velázquez ; que ha observado sus trazos y ha contemplado la magnitud del lienzo, su luz, sus perspectivas y volúmenes, su arquitectura. No, no podrá. Y al no poder, al no haber querido mirar, se ahorra mucho esfuerzo. Si el turista mira al cuadro de frente, el cuadro le increpa, le agarra por el cuello y lo zarandea, lo remueve por dentro y el turista se queda perplejo y sin ganas de más turismo. El turista no quiere salir transformado del museo, quiere salir igual que entró, con su visera, sus pantalones cortos y su mochila. Quiere seguir pensando en su hipoteca o en los comentarios que recibirá en Facebook en cuanto suba las fotos. El turista entra en el museo porque tiene que entrar, no porque quiera realmente.

            El ejemplo del museo es extensible a todos los lugares en los que se muestran al público determinadas manifestaciones artísticas, como en los cines, los teatros y los conciertos de música clásica. El turista de museo debe aburrirse tanto como el turista de la ópera, que está deseando que suene el último acorde para empezar a toser y que el resto de espectadores comiencen el rosario de toses como el rosario de flashes de sus cámaras fotográficas en el museo. Una forma de protesta o de liberación.   

            El turista ha llenado de olvido las ciudades que ha ido conquistando. Como si esos flashes de las cámaras, desprendieran un poder narcótico que quedara impregnado en las paredes y ya nunca se borrara. Pasear por el Pont des Arts dejará muy pronto de recordarnos a la Maga porque ahora el atractivo lo constituyen los miles de candados que los turistas, -más enamorados en París- han expuesto a lo largo de la barandilla.

            No hay duda de que hacer cola en el Ponte dei Sospiri de Venecia, borra y elimina del imaginario el origen del puente, su melancólica historia. Cuatro siglos. No se puede, con la plaga turística, tener un momento de comunión con el pasado ni con el arte. Al turista no le importa la memoria ni el olvido, pero se siente indefenso si le falta la audioguía y carteles cada vez más grandes, repletos de información. Con esto, lo mismo sería que se quedara en su casa buceando en Wikipedia o en Google imágenes.

             El olvido. Me resulta inevitable recordar las políticas soviéticas empleadas para hacer desaparecer el pasado y eliminar todo vínculo con otro sistema que no fuera el imperante gracias a lo cual, se lograba el narcótico y feliz estado de la inconciencia. Milan Kundera en La Broma lo ilustra con los cambios constantes en los nombres de las calles para borrar la historia y, sin recuerdo, vivir de nuevo en un eterno e inocente retorno sin pasado. Algo parecido a la infantilización de los personajes de Gombrowicz, otros desmemoriados. A Kundera y a Gombrowicz los unen varias cosas, entre ellas, el humor. Kafka sería aquel que se ha convertido en un turista completo, desorientado, engañado y en constante perplejidad.

             Puerilizados, hemos perdido el humor y con ello muchas de las cosas que formaban parte de nuestra cultura. Porque ahora casi todo provoca irritación y se condenan tradiciones y se erradican gestos e incluso (o sobre todo) palabras que nos definen y que nos recuerdan lo que somos. Si las políticas actuales y el modelo de desarrollo impuesto por las potencias occidentales siguen dominando el mundo conocido toda cultura desaparecerá, no importa si quedan 2 personas o 2 billones de personas que pertenezcan a ella. ¿Cómo van a sobrevivir si no pertenecen a este capitalismo atroz, deseoso de que ninguna tradición persista? 

             Recuerdo siempre esta cita del genial escritor italiano, Massimo Rizzante: […] las dos fuerzas que conspiran contra el arte: la exégesis que transforma toda obra en monumento y el turismo que transforma todo monumento en parque infantil. El arte muere por demasiada admiración, pero tampoco sobrevive a  un exceso de inocencia. 

           Si la mirada proteccionista es el mejor gesto que podemos ofrecer, amen. Pero, de la decadencia que nos invade, de la exageración, de la ingenuidad, ¿quién nos protege? 


Carmen Ruiz de Apodaca


[1] El contenido de la expresión “patrimonio cultural” ha cambiado bastante en las últimas décadas, debido en parte a los instrumentos elaborados por la UNESCO. El patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende también tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional..
Pese a su fragilidad, el patrimonio cultural inmaterial es un importante factor del mantenimiento de la diversidad cultural frente a la creciente globalización. La comprensión del patrimonio cultural inmaterial de diferentes comunidades contribuye al diálogo entre culturas y promueve el respeto hacia otros modos de vida. UNESCO

El buen estado de la literatura española actual




                                                   No,  Carmen Ruiz de Apodaca

             Desde hacía dos semanas tenía programada mi celebración del Día del libro: iría a la conferencia que tendría lugar en la Casa de América y cuyo título era el siguiente: América y Europa, Literatura de ida y vuelta: Borges, Calvino, Camus y Cortázar. Los ponentes eran Agustín Fernández Mallo (cuyo acólito literario me inquieta y para verificar o desechar mis prejuicios deseaba conocer en persona), Fernando Iwasaki (autor que forma parte de la “nueva narrativa hispanoamericana” al que he escuchado en varias conferencias sin convencerme demasiado), Juan Gabriel Vásquez (escritor colombiano desconocido para mí) y Benjamín Prado, por todos conocido.

               Mi interés por esta conferencia era doble: por un lado, el título estimulante para todo lector amante del siglo XX; y por otro, oír a estos escritores de los que desconfío bastante -tal vez, por su sospechoso éxito editorial y todo lo que esto conlleva-,  hablando sobre autores en los que sí confío, creadores de espacios literarios, únicamente literarios.

               Iba preparada con mis aristocráticas cuartillas amarillentas, que heredé de mi difunto suegro, dispuesta a tomar notas y sacar conclusiones sobre el modo en que la literatura contemporánea aborda la obra o pensamiento de autores con los que he crecido y han configurado mis primeras ideas literarias y estéticas y que forman un sólido peldaño de la gran escalera de las letras occidentales. Todo mi entusiasmo se quedó en el rellano de esa escalera y por ella bajó rodando mi ilusión al encontrarme a medio Madrid haciendo una cola que daba la vuelta al Palacio de Linares. Me quedé boquiabierta y tuve que cerrar los labios para no dejar salir mis pensamientos de ira verbalizados ante la masa turística del arte.

               No pude entrar. Me quedé un rato apoyada en un coche frente a la procesión de intelectuales que iban entrando a la sala mientras yo me liaba un cigarrillo y observaba los rostros de aquella gente que me había robado mi derecho a acudir a la conferencia. Reconozco que los miré con desprecio, con escepticismo, con soberbia. Me preguntaba si realmente sabían a dónde iban, pues me parecía extraño que todos fueran leyendo con cara de sorpresa el folleto de información del evento y pronunciaran en voz alta el nombre de Borges o Camus, como si lo vieran escrito por primera vez en su vida. ¿Realmente toda aquella gente leía a Borges, a Calvino, a Camus, a Cortázar? Si así fuera, el estado de la literatura actual no sería tan decadente. Más bien creo que conocían a unos ponentes que el mercado editorial se ha ocupado bien de mostrar sus sonrientes rostros en los escaparates de las librerías y en los suplementos literarios sin que esto suponga que nadie haya leído una sola línea de sus exitosas novelas. Pero quién sabe. 

              Así las cosas, me fui con mi decepción a otra parte. Conseguí otro librito de información de conferencias del Día del Libro y busqué otra por la zona. Vi que en la Comunidad, estaba Fernando Trueba dialogando con José María Ridao sobre si ¿Está en crisis la imaginación? No me daba tiempo a escucharla pero después había algo con Luis Alberto de Cuenca, al que la casualidad ha querido que, en los últimos tiempos, me lo encuentre en todos los eventos literarios. Junto con él, hablarían dos desconocidos: María Dueñas y Manuel Francisco Reina. El tema: Cuando la historia y ficción van de la mano. Que estuviera Luis Alberto de Cuenca me aseguraba que alguien iba a hablar con cordura, conocimiento, sensatez y buena dicción. Me arriesgué.

                La sala estaba medio vacía o medio llena, según se mire. Luis Alberto de la Cuenca, como se empeñó en repetir el muchacho progre que presentaba a los ponentes y que luego desapareció, sólo era el moderador. Todo versaba sobre la novela histórica –mala cosa-me dije nada más empezar la charla. El aspecto de María Dueñas me dio bastantes pistas sobre la calidad literaria de su escritura, puede sonar a prejuicio, lo admito, pero pocas veces mi intuición me falla en estas cosas.

               Enseguida empiezan a surgir palabras y oraciones que me horrorizan en tanto que me separan de mi percepción de la literatura: documentación, trama, organigrama de los personajes, actualización, protagonistas femeninas, etc. Manuel Francisco Reina se pone a parafrasear a los estructuralistas y a Lukács para abordar el concepto de novela histórica y a María Dueñas se le vuelven los ojos del revés. Me fijo en sus gestos y tengo la sensación de que no sabe de lo que se está hablando y de que tiembla pensando que le van a hacer comentar las palabras del sabio con coleta que está a su lado. Luis Alberto de Cuenca interrumpe, matiza, afirma, dando apoyo a las palabras de Manolo (si se me permite llamarlo así). María asiente en un silencio lleno de dudas. Manolo, a continuación, pasa a citar a Marguerite Yourcenar, y yo paso a la carcajada mental porque Manolo pronuncia su nombre tal y como está escrito, letra a letra, ni siquiera asimila la “o” a la “u” ni hace de la “c” una consonante fricativa “s”. Me entra un poco de vergüenza ajena teniendo en cuenta la bellísima pronunciación de Luis Alberto de Cuenca en varios idiomas.

                Luego llega el momento cumbre: uno de ellos nombra a Stieg Larsson y entonces todas las cabezas del auditorio se mueven satisfechas en una ola plástica de comprensión. Asienten y giran sus cuellos lanzando sonrisas pletóricas a sus acompañantes. Seguro que si hubieran mentado al Código da Vinci la reacción hubiera sido la misma. 

              Después de tanta erudición la charla se encauza en el sereno río de la  anécdota. Manolo escribe novela histórica ambientada en la época Helenística; María se queda en la guerra civil española. Esto da pie a una estúpida divagación sobre la diferencia entre ambas escrituras. Aquí va una de ellas: es más complicado escribir sobre un pasado cercano que sobre un pasado remoto porque todavía hay supervivientes de aquél cuya memoria no coincide exactamente con los detalles que el escritor aporta sobre tal período. En cambio (ahí va otra estupidez), el novelista que se aleja más de dos mil años en la historia se puede permitir más licencias porque no hay ningún griego superviviente que te diga que a esa columna del templo no le daba la luz o que no se construía con mármol. ¡Semejante tontería! Entonces, los historiadores de arte no tienen ninguna importancia, los libros sobre esa época, los estudios no valen nada, como no hay griegos vivos podemos decir que el coche de Homero aparcó en el puerto de Naxos y que no pudo coger el Ferry porque había huelga de seguridad portuaria. ¿Y los artistas o eruditos que han estudiado el Helenismo y que lo conocen incluso mejor que si lo hubieran vivido? No es necesario hacer hincapié en la idea del distanciamiento para acceder al conocimiento...

            Ahí se queda el debate. María ve un filón interesante y decide entrar. Habla de las cartas que le escriben los lectores de cuatro o cinco folios corrigiendo sus libros. Se lo tiene merecido, pienso, si escribiera literatura, daría igual que el cine Doré lo situara en Vallecas, porque en el pacto de la verdadera ficción se aceptan todas esas licencias. Ahora bien, si decides ambientar una época y quedarte en eso, montar un historia con unas cuantas marionetas que tengan aventuras convencionales, ya que has despreciado la profundidad y posibilidades de la literatura, al menos esfuérzate y no metas la pata. Si no, ¿a qué estamos jugando?

En este momento cerré el boli, guardé mis cuartillas y abandoné la sala. 
Feliz Día del Libro.
23 de abril de 2010, Día Internacional del libro. Madrid.