martes, 28 de octubre de 2014


EL APESTADO



El apestado era aquel que padecía de la cruenta y mortal enfermedad de la peste negra o bubónica. Una enfermedad terrible que acabó con gran parte de la población europea del siglo XIV. El horror de la peste no radicaba únicamente en el dolor y la degradación física de quien se contagiaba sino también en la exclusión que suponía. Aquel que la padecía trataba de esconderlo para no acabar muriendo solo en la miseria de las noches sin abrigo donde ya ni las ratas subsistían. Era difícil camuflarse pues los ganglios se inflamaban de manera espectacular y la zona se oscurecía. La gente huía despavorida del apestado ya que, además de mortal, su enfermedad era extremadamente contagiosa. Al apestado se le señalaba y aislaba, se le expulsaba de la vida antes de que la vida lo expulsara a él definitivamente. El horror del olor de la muerte dejaba solos ante la misma muerte a millones de hombres que murieron de peste. Es probable que aun sigan existiendo lugares en la tierra donde esta enfermedad persista, en nuestra sociedad moderna y esterilizada, que yo sepa, está totalmente erradicada sin embargo, el estigma del apestado continúa.


La humanidad siempre se las ha arreglado, ayudado o no por la imprevisible naturaleza, para señalar individuos y hacer más dura su errabunda existencia: los San Benitos, la cruz de David pintada en las puertas de los establecimientos judíos, por nombrar solo un par de ejemplos de épocas muy distantes entre sí. De este modo, la marginación de un individuo o comunidad se convierte en una suerte de festividad o vía de salvación para el que ha conseguido librarse del estigma. El escarnio es algo que a la humanidad “civilizada” le ha fascinado desde los tiempos del Imperio Romano. Sin embargo, el hecho de que una sociedad rechace a un determinado grupo no responde, en la mayoría de los casos, a un acto de libertad sino a la manipulación que sobre estos colaboradores del estigma ejerce el poder en función de sus intereses.




Uno de los fenómenos más recientes es la batalla en contra del tabaco y los nuevos apestados: los fumadores. Son apestados en sentido literal pues el fumador huele a tabaco, como las abuelas a violetas y el alcohólico a Bourbon. Pero el problema no es el olor, es la ideología que subyace. Hay que marginar al enfermo de nuestros días y erradicar la epidemia del tabaco. Lo sorprendente es la facilidad con la que el gran público, llámese sociedad democrática, entra en los juegos del sistema y no duda un momento antes de cargarse, por ejemplo, toda una iconografía ligada al tabaco y que se ha manifestado en el cine, la pintura y la literatura. Desde que a Lucky Lucke le cambiaron su cigarrillo por una pajita de trigo, empezó la manipulación y la idea de que el individuo es estúpido por naturaleza y se le puede reeducar a través de las imágenes y la publicidad. No estaban desencaminados los americanos, como casi nunca. A partir de la ley antitabaco española, encender un cigarrillo es motivo de afrenta. Hace muy poco tiempo no pasaba nada si alguien sacaba el tabaco de su bolsillo. Ahora, hagan la prueba, el sonido de un mechero puede ser el detonante de una metralleta de miradas horrorizadas en busca del delincuente que ha osado perturbar el espacio purificado de nuestras urbes. Se oye de todo, falsos ataques de asma, frases entre dientes, insultos, compulsivos movimientos de manos aireando las caras acompañadas generalmente por gestos de desprecio. Me pregunto si la gente se ha vuelto totalmente sensible al humo o se ha vuelto tan imbécil que se irrita al dictamen del discurso dominante.



Me resultan bastante cómicos los carteles de prohibido fumar. ¡Es el colmo de la hipocresía! Es como si los herederos del sesenta y ocho tuvieran tan mala conciencia que no se atrevieran a llamar a las cosas por su nombre e hicieran uso de los más estrambóticos eufemismos. Ni si quiera el cigarrillo está tachado porque en nuestro paraíso de libertades toda censura se arbitra soterradamente. “Espacio sin humo”, es genial, el sarcasmo institucional vampirizando las metáforas de la lengua para denigrar al apestado fumador. En esta frase aparentemente inocente hay mucha mala leche. Además de lo peyorativo hacia el fumador hay una profunda intención de hacerle sentir culpable: además de enturbiar (en todos los sentidos) el ambiente, es también más responsable que el resto de los mortales de la catastrófica contaminación del planeta. Es para morirse de risa.
No me extrañaría que de aquí a un tiempo nos tatuaran un número y nos hicieran desfilar con nuestras apestadas pertenencias a un gueto de la periferia.

Estamos hablando de tres tipos de apestados que afectan a tres esferas de la existencia: la primera tipología –que en realidad no ha sido más que el pretexto para iniciar este texto – es  de índole física y afecta a un sujeto paciente; la segunda es de índole política y afecta a un sujeto activo y la tercera es de índole moral y afecta a un sujeto pasivo.


La tercera tipología de apestado es mucho más moderna, mucho más sutil y mucho más demoledora. No es ni más ni menos que otro tipo de dictadura. Aclaremos el concepto de dictadura: aquel sistema o comunidad que impone unos usos, una ideología, una literatura, una moda a los que no lo han elegido de manera voluntaria. No soy ni mucho menos la primera en afirmar que en este estado de supuesta libertad somos más esclavos que nunca.  

Me dejaré de rodeos, hablo de la dictadura Facebook.  Y el nuevo apestado, el apestado pasivo, es el que no hace uso de esta Red. El que no utiliza Facebook está marginado. Su exclusión no es directa, aparentemente nada cambia, pero poco a poco lo virtual se impone y si no tiene su vida expuesta en el escaparate Facebook no tiene vida y, por tanto, no existe. Es como un miembro de la comunidad Amish que ha sido excomulgado, ya no tiene nada que hacer es apartado y evitado. A no ser que se arrepienta.

Hace muy poco, discutiendo sobre este tema con un amigo, este me decía que tenía que aceptar que los modos de comunicación han cambiado y que hay que amoldarse; tenía que entender que si no estoy al alcance de un “clic” de ratón, nadie se va a tomar la molestia de descolgar un teléfono o de escribir un email personal. Bien, entonces hay que conformarse con lo que tal o cual “amigo” ha escogido de su vida, mostrada por igual a centenares de personas, para saber sobre su existencia. Si todo se comunica a través de esta red, probablemente no sabré si un amigo que vive en Pekín ha pasado unos días por mi ciudad porque no he estado pendiente de sus pasos a miles de kilómetros de distancia.

No puedo dejar de ver esto como un síntoma inequívoco de la decadencia de nuestra época. Ni puedo dejar de ver Facebook como la inmensa sala de espera de un psicoanalista atestada de superegos deseando satisfacer sus espejismos narcisistas, deseando la aprobación general de cada uno de sus pasos, de cada minuto de su vida.

Me resulta patológico que una persona que está dando una cena en su casa desaparezca de pronto con su cámara para colgar en Facebook las fotos que acaba de hacer con sus comensales y que toda la Red apruebe y aplauda con sus comentarios el acontecimiento en tiempo real. Es lo más parecido a Gran Hermano. Al menos los concursantes del programa no sabían lo que el público pensaba de ellos hasta que no salían de su cautiverio televisado. Patológico me resulta también que el ordenador se haya convertido en un comensal más, en un invitado de honor y que las pocas ocasiones en las que los amigos virtuales salen de la pantalla y se colocan uno frente a otro (para hablar de la misma red) se dejen con la palabra en la boca porque alguien ha colgado una foto en su perfil de Facebook: una foto cada vez más estudiada, más rejuvenecida, más “cool”. Hay una contaminación narcisista importante que sigue alimentado lo que en realidad no se es.




Otro de los aspectos peligrosos que he percibido entre los adictos a Facebook es la deriva New Age: misticismo, teorías conspiratorias, tarot, eneagramas, astrología y fin del mundo. Conocimientos de fascículo e ideologías tan maniqueas como contra las que  luchan.

Creo que muchos de ellos ya son expertos en descifrar criptogramas egipcios y en física cuántica. En secretos de Estado norteamericanos y entresijos del Pentágono. Todo es una gran mentira, dicen. Y de ahí, digo yo,  surge una nueva fe.

Me parece fantástico que el hombre sea producto de un experimento de seres inteligentes procedentes de otra galaxia y si es así espero que vuelvan pronto. Mientras tanto mi existencia está en la tierra, mi fantasía en los sueños y en la ficción, pretendo que mis relaciones se basen en la cercanía íntima y en el interés concreto de una persona. Una persona concreta con quien la relación pueda avanzar en lo que nos une y en lo que descubrimos; en la sorpresa de una experiencia, de un deseo, de una idea, de una pieza de música que la conversación y el ambiente nos ha llevado compartir, que, en definifiva, ha fluido con la normalidad de la cercanía. No porque treinta personas han comentado esa experiencia o esa manifestación artística en el vacío y sin contexto. En el catálogo de la cita, en el muestrario de conocimientos del que hacen gala los perfiles de los caralibros, ¿qué podremos recordar?

Hace no mucho, Javier Marías publicaba un artículo llamado Red de pardillos. El argumento principal era la ingenuidad de los usuarios al poner por escrito en Internet una inconmensurable cantidad de información personal (proporcional a la desorbitada cantidad de información de la Red) que puede ser utilizada en cualquier momento en su contra.

Efectivamente, si los drogodependientes de Facebook hubieran vivido los años más duros del comunismo o de cualquier otro totalitarismo cuyo método de supervivencia consistía en el silencio y en la sospecha, en que todos se sintieran espías de todos y por tanto espiados por todos y por tanto culpables y sumisos, se lo pensarían dos veces antes de dar tantas explicaciones. Pero claro, esto nunca va volver a suceder...Sin embargo para mí la fatalidad reside en la ausencia de distinción entre lo público y lo privado. Y en ese punto es donde acaba el individuo. Y acaba convirtiéndose en un tornillo más del inmenso engranaje del sistema. Solo, indiferente e igual a todos, igualmente ignorante e incapaz de hacer otra cosa que dar vueltas sin saber quién da la orden ni qué hace, verdaderamente, el tornillo de enfrente.



Pero nada de esto afecta a Facebook porque en Facebook todos son esbeltos y atractivos, todos son amigos de todos, ingeniosos y guapos, aventureros, inteligentes, todos comparten intereses, artículos, vídeos, pajas mentales. Es un mundo feliz, y quienes no participa en él, son salvajes que pronto vivirán en las reservas de la realidad.


Madrid, 13 de octubre de 2010.





Patrimonio inmaterial, turismo y humor

Artículo publicado en  francés en 2013 en L'Atelier du Roman nº73, Flammarion. París. 


París, Carmen Ruiz de Apodaca


El biyelgee mongol; el canto ca trù; el espacio cultural de los suiti; el rito de los Zares de Kalyady; el sanké mon, rito de pesca colectiva en la laguna de Sanké; Semah, ritual de los alevi-bektaşis; el Sinjska Alka, torneo de caballería de Sinj; el sistema normativo de los wayuus, aplicado por el pütchipü´üi (« palabrero »)……

                  Esta extravagante lista, amputada arbitrariamente, me envuelve en la ficción de estar leyendo un poema surrealista. Veo a cinco o seis amigos gamberreando alrededor de un escritorio cruzado por el humo de sus cigarrillos mientras ríen, en trance, ante la ocurrencia poética. La recopilación romántica en busca de lo exótico desconocido. Un Aleph de tradiciones y de historia reunidos en unas pocas frases llenas de color. Un homenaja a Perec y su arte de la clasificación, un guiño al coleccionismo de Benjamin, una melancólica enciclopedia de los muertos. El arte de la catalogación.

Sin embargo, no estamos ante un acto vanguardista, pero casi.  

               ¿Qué es el patrimonio inmaterial ?[1] Sobre todo, un bonito nombre. Más parece un título de una novela de Danilo Kiš o de Italo Calvino. Sugerente, aunque los nombres vinculados a lo no tangible, lo virtual, lo invisible, comienzan a resultarme sospechosos y a asociarlos a otros menos poéticos como hipotecas, déficit y capital. 

                 La idea me gusta. Me resulta tan poética y tan literaria que me cuesta entenderla dentro del marco político internacional. Ahora y aquí, donde todo tiene cabida, donde todo se discute, donde todo es posible -como la creación de una ley que expulse a los muertos de sus infiernos y los lleve directos al paraíso sin necesidad de hacer parada en el denso purgatorio- donde la mezquindad gobierna, surge una iniciativa filantrópica para proteger culturas y tradiciones que se vienen abajo, que se diluyen como toda la tinta de nuestra historia europea en el pantano de nuestro olvido.  

                Me dejo llevar por el altruismo de las naciones en cualquier lugar del globo. Abro los ojos y, un momento, ¿cómo se puede preservar una cultura en un mundo en el que la cultura está mal vista, el mal gusto predomina y lo único permanente es el efímero presente continuo? ¿Cómo se puede « salvaguardar » una cultura sin encerrarla en un museo o en una reserva indígena ? ¿En qué se convierte una práctica tradicional después de ser galardonada con la denominación de Patrimonio Cultural Inmaterial? ¿Habrá que ir a verla? ¿Será parada obligatoria en los tours turísticos que abarrotan las ciudades con historia?   

                Me preocupa el catálogo de requisitos que debe cumplir una manifestación cultural « inmaterial » para llamar la atención del comité de selección de candidatos. Lo que me preocupa es que estos candidatos empiecen a desnaturalizar sus tradiciones para embellecerlas y hacerlas más atractivas a los ojos de la cultura que va a decidir si entra en la lista o no. Por ejemplo, se me ocurre, que una de las condiciones sea que un número, digamos, no más cien de personas mantengan en la actualidad esa tradición. Se me ocurre que una población de, digamos, 120 personas mantiene actualmente una tradición que cumple con el resto de los requisitos. El líder de dicha comunidad ¿podría ser capaz de cometer un genocidio para tener la oportunidad, al menos, de participar? Espero que nadie se irrite por este comentario, como dije al principio, se trata de surrealismo. (Si me he sentido forzada a escribir esta última frase quizás deberíamos plantearnos presentar al Humor como candidato a recibir la mención de Patrimonio Cultural Inmaterial. Creo que cumple todos los requisitos : lo practican muy pocos, está ensombrecido por una cultura dominante –la cultura de la gravedad-, es una práctica liberadora que nos lleva a los orígenes, es un ritual y es únicamente humano. Es único pero tiene diferentes idiomas).

               No cuestiono los objetivos sino las consecuencias. No dudo de las buenas intenciones de la UNESCO, pero me da miedo el efecto. El pánico es el turismo. No sé si está entre las finalidades del proyecto pero algo considerado Patrimonio cultural, inmaterial o no, por la UNESCO es como tres estrellas Michelin en un hotel de Provence. No sé si se quiere activar el turismo en determinadas zonas menos transitadas, pero sí sé que el turismo ha devastado todo resquicio de cultura, que ha violado espacios y monumentos y ha blasfemado en los templos. Aunque parece que el turista (y digo turista, no viajero) representa la sociedad del bienestar, la tolerancia y el diálogo entre culturas. Sí, parece que el turismo es cultura, y que le gusta la cultura. Sí, no hay más que ver los museos: colas que dan la vuelta a los robustos edificios de las más prestigiosas pinacotecas cuyas salas cada vez se parecen más a un concierto de los Rolling Stones. Quien haya sufrido epilepsia sabrá lo peligroso de ese tipo de espectáculos. Las luces blancas intermitentes provocan naturalmente los espasmos. Por eso hay quien va últimamente con gafas de sol a las exposiciones: los flashes constantes de las cámaras de sus turistas podrían provocar una crisis que nada tiene que ver con el mal de Sthendal que, en ese lugar, es lo único que debería provocar. 

¿Qué hace un turista en un museo ?

Hace fotos.

Y ¿qué hace cuando sale del museo ?

Ve las fotos que ha hecho.

¿Qué recuerdo le queda al turista que viene de ver las Meninas ?

           La misma que antes, porque sus ojos no estaban en la imagen real, estaban en su pantalla digital. No podrá decir que ha visto el más impresionante cuadro de Velázquez ; que ha observado sus trazos y ha contemplado la magnitud del lienzo, su luz, sus perspectivas y volúmenes, su arquitectura. No, no podrá. Y al no poder, al no haber querido mirar, se ahorra mucho esfuerzo. Si el turista mira al cuadro de frente, el cuadro le increpa, le agarra por el cuello y lo zarandea, lo remueve por dentro y el turista se queda perplejo y sin ganas de más turismo. El turista no quiere salir transformado del museo, quiere salir igual que entró, con su visera, sus pantalones cortos y su mochila. Quiere seguir pensando en su hipoteca o en los comentarios que recibirá en Facebook en cuanto suba las fotos. El turista entra en el museo porque tiene que entrar, no porque quiera realmente.

            El ejemplo del museo es extensible a todos los lugares en los que se muestran al público determinadas manifestaciones artísticas, como en los cines, los teatros y los conciertos de música clásica. El turista de museo debe aburrirse tanto como el turista de la ópera, que está deseando que suene el último acorde para empezar a toser y que el resto de espectadores comiencen el rosario de toses como el rosario de flashes de sus cámaras fotográficas en el museo. Una forma de protesta o de liberación.   

            El turista ha llenado de olvido las ciudades que ha ido conquistando. Como si esos flashes de las cámaras, desprendieran un poder narcótico que quedara impregnado en las paredes y ya nunca se borrara. Pasear por el Pont des Arts dejará muy pronto de recordarnos a la Maga porque ahora el atractivo lo constituyen los miles de candados que los turistas, -más enamorados en París- han expuesto a lo largo de la barandilla.

            No hay duda de que hacer cola en el Ponte dei Sospiri de Venecia, borra y elimina del imaginario el origen del puente, su melancólica historia. Cuatro siglos. No se puede, con la plaga turística, tener un momento de comunión con el pasado ni con el arte. Al turista no le importa la memoria ni el olvido, pero se siente indefenso si le falta la audioguía y carteles cada vez más grandes, repletos de información. Con esto, lo mismo sería que se quedara en su casa buceando en Wikipedia o en Google imágenes.

             El olvido. Me resulta inevitable recordar las políticas soviéticas empleadas para hacer desaparecer el pasado y eliminar todo vínculo con otro sistema que no fuera el imperante gracias a lo cual, se lograba el narcótico y feliz estado de la inconciencia. Milan Kundera en La Broma lo ilustra con los cambios constantes en los nombres de las calles para borrar la historia y, sin recuerdo, vivir de nuevo en un eterno e inocente retorno sin pasado. Algo parecido a la infantilización de los personajes de Gombrowicz, otros desmemoriados. A Kundera y a Gombrowicz los unen varias cosas, entre ellas, el humor. Kafka sería aquel que se ha convertido en un turista completo, desorientado, engañado y en constante perplejidad.

             Puerilizados, hemos perdido el humor y con ello muchas de las cosas que formaban parte de nuestra cultura. Porque ahora casi todo provoca irritación y se condenan tradiciones y se erradican gestos e incluso (o sobre todo) palabras que nos definen y que nos recuerdan lo que somos. Si las políticas actuales y el modelo de desarrollo impuesto por las potencias occidentales siguen dominando el mundo conocido toda cultura desaparecerá, no importa si quedan 2 personas o 2 billones de personas que pertenezcan a ella. ¿Cómo van a sobrevivir si no pertenecen a este capitalismo atroz, deseoso de que ninguna tradición persista? 

             Recuerdo siempre esta cita del genial escritor italiano, Massimo Rizzante: […] las dos fuerzas que conspiran contra el arte: la exégesis que transforma toda obra en monumento y el turismo que transforma todo monumento en parque infantil. El arte muere por demasiada admiración, pero tampoco sobrevive a  un exceso de inocencia. 

           Si la mirada proteccionista es el mejor gesto que podemos ofrecer, amen. Pero, de la decadencia que nos invade, de la exageración, de la ingenuidad, ¿quién nos protege? 


Carmen Ruiz de Apodaca


[1] El contenido de la expresión “patrimonio cultural” ha cambiado bastante en las últimas décadas, debido en parte a los instrumentos elaborados por la UNESCO. El patrimonio cultural no se limita a monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende también tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional..
Pese a su fragilidad, el patrimonio cultural inmaterial es un importante factor del mantenimiento de la diversidad cultural frente a la creciente globalización. La comprensión del patrimonio cultural inmaterial de diferentes comunidades contribuye al diálogo entre culturas y promueve el respeto hacia otros modos de vida. UNESCO

El buen estado de la literatura española actual




                                                   No,  Carmen Ruiz de Apodaca

             Desde hacía dos semanas tenía programada mi celebración del Día del libro: iría a la conferencia que tendría lugar en la Casa de América y cuyo título era el siguiente: América y Europa, Literatura de ida y vuelta: Borges, Calvino, Camus y Cortázar. Los ponentes eran Agustín Fernández Mallo (cuyo acólito literario me inquieta y para verificar o desechar mis prejuicios deseaba conocer en persona), Fernando Iwasaki (autor que forma parte de la “nueva narrativa hispanoamericana” al que he escuchado en varias conferencias sin convencerme demasiado), Juan Gabriel Vásquez (escritor colombiano desconocido para mí) y Benjamín Prado, por todos conocido.

               Mi interés por esta conferencia era doble: por un lado, el título estimulante para todo lector amante del siglo XX; y por otro, oír a estos escritores de los que desconfío bastante -tal vez, por su sospechoso éxito editorial y todo lo que esto conlleva-,  hablando sobre autores en los que sí confío, creadores de espacios literarios, únicamente literarios.

               Iba preparada con mis aristocráticas cuartillas amarillentas, que heredé de mi difunto suegro, dispuesta a tomar notas y sacar conclusiones sobre el modo en que la literatura contemporánea aborda la obra o pensamiento de autores con los que he crecido y han configurado mis primeras ideas literarias y estéticas y que forman un sólido peldaño de la gran escalera de las letras occidentales. Todo mi entusiasmo se quedó en el rellano de esa escalera y por ella bajó rodando mi ilusión al encontrarme a medio Madrid haciendo una cola que daba la vuelta al Palacio de Linares. Me quedé boquiabierta y tuve que cerrar los labios para no dejar salir mis pensamientos de ira verbalizados ante la masa turística del arte.

               No pude entrar. Me quedé un rato apoyada en un coche frente a la procesión de intelectuales que iban entrando a la sala mientras yo me liaba un cigarrillo y observaba los rostros de aquella gente que me había robado mi derecho a acudir a la conferencia. Reconozco que los miré con desprecio, con escepticismo, con soberbia. Me preguntaba si realmente sabían a dónde iban, pues me parecía extraño que todos fueran leyendo con cara de sorpresa el folleto de información del evento y pronunciaran en voz alta el nombre de Borges o Camus, como si lo vieran escrito por primera vez en su vida. ¿Realmente toda aquella gente leía a Borges, a Calvino, a Camus, a Cortázar? Si así fuera, el estado de la literatura actual no sería tan decadente. Más bien creo que conocían a unos ponentes que el mercado editorial se ha ocupado bien de mostrar sus sonrientes rostros en los escaparates de las librerías y en los suplementos literarios sin que esto suponga que nadie haya leído una sola línea de sus exitosas novelas. Pero quién sabe. 

              Así las cosas, me fui con mi decepción a otra parte. Conseguí otro librito de información de conferencias del Día del Libro y busqué otra por la zona. Vi que en la Comunidad, estaba Fernando Trueba dialogando con José María Ridao sobre si ¿Está en crisis la imaginación? No me daba tiempo a escucharla pero después había algo con Luis Alberto de Cuenca, al que la casualidad ha querido que, en los últimos tiempos, me lo encuentre en todos los eventos literarios. Junto con él, hablarían dos desconocidos: María Dueñas y Manuel Francisco Reina. El tema: Cuando la historia y ficción van de la mano. Que estuviera Luis Alberto de Cuenca me aseguraba que alguien iba a hablar con cordura, conocimiento, sensatez y buena dicción. Me arriesgué.

                La sala estaba medio vacía o medio llena, según se mire. Luis Alberto de la Cuenca, como se empeñó en repetir el muchacho progre que presentaba a los ponentes y que luego desapareció, sólo era el moderador. Todo versaba sobre la novela histórica –mala cosa-me dije nada más empezar la charla. El aspecto de María Dueñas me dio bastantes pistas sobre la calidad literaria de su escritura, puede sonar a prejuicio, lo admito, pero pocas veces mi intuición me falla en estas cosas.

               Enseguida empiezan a surgir palabras y oraciones que me horrorizan en tanto que me separan de mi percepción de la literatura: documentación, trama, organigrama de los personajes, actualización, protagonistas femeninas, etc. Manuel Francisco Reina se pone a parafrasear a los estructuralistas y a Lukács para abordar el concepto de novela histórica y a María Dueñas se le vuelven los ojos del revés. Me fijo en sus gestos y tengo la sensación de que no sabe de lo que se está hablando y de que tiembla pensando que le van a hacer comentar las palabras del sabio con coleta que está a su lado. Luis Alberto de Cuenca interrumpe, matiza, afirma, dando apoyo a las palabras de Manolo (si se me permite llamarlo así). María asiente en un silencio lleno de dudas. Manolo, a continuación, pasa a citar a Marguerite Yourcenar, y yo paso a la carcajada mental porque Manolo pronuncia su nombre tal y como está escrito, letra a letra, ni siquiera asimila la “o” a la “u” ni hace de la “c” una consonante fricativa “s”. Me entra un poco de vergüenza ajena teniendo en cuenta la bellísima pronunciación de Luis Alberto de Cuenca en varios idiomas.

                Luego llega el momento cumbre: uno de ellos nombra a Stieg Larsson y entonces todas las cabezas del auditorio se mueven satisfechas en una ola plástica de comprensión. Asienten y giran sus cuellos lanzando sonrisas pletóricas a sus acompañantes. Seguro que si hubieran mentado al Código da Vinci la reacción hubiera sido la misma. 

              Después de tanta erudición la charla se encauza en el sereno río de la  anécdota. Manolo escribe novela histórica ambientada en la época Helenística; María se queda en la guerra civil española. Esto da pie a una estúpida divagación sobre la diferencia entre ambas escrituras. Aquí va una de ellas: es más complicado escribir sobre un pasado cercano que sobre un pasado remoto porque todavía hay supervivientes de aquél cuya memoria no coincide exactamente con los detalles que el escritor aporta sobre tal período. En cambio (ahí va otra estupidez), el novelista que se aleja más de dos mil años en la historia se puede permitir más licencias porque no hay ningún griego superviviente que te diga que a esa columna del templo no le daba la luz o que no se construía con mármol. ¡Semejante tontería! Entonces, los historiadores de arte no tienen ninguna importancia, los libros sobre esa época, los estudios no valen nada, como no hay griegos vivos podemos decir que el coche de Homero aparcó en el puerto de Naxos y que no pudo coger el Ferry porque había huelga de seguridad portuaria. ¿Y los artistas o eruditos que han estudiado el Helenismo y que lo conocen incluso mejor que si lo hubieran vivido? No es necesario hacer hincapié en la idea del distanciamiento para acceder al conocimiento...

            Ahí se queda el debate. María ve un filón interesante y decide entrar. Habla de las cartas que le escriben los lectores de cuatro o cinco folios corrigiendo sus libros. Se lo tiene merecido, pienso, si escribiera literatura, daría igual que el cine Doré lo situara en Vallecas, porque en el pacto de la verdadera ficción se aceptan todas esas licencias. Ahora bien, si decides ambientar una época y quedarte en eso, montar un historia con unas cuantas marionetas que tengan aventuras convencionales, ya que has despreciado la profundidad y posibilidades de la literatura, al menos esfuérzate y no metas la pata. Si no, ¿a qué estamos jugando?

En este momento cerré el boli, guardé mis cuartillas y abandoné la sala. 
Feliz Día del Libro.
23 de abril de 2010, Día Internacional del libro. Madrid.

miércoles, 28 de mayo de 2014

INDIA
(fragmentos recuperados del primer contacto en 2012)



La primera mirada

Hay una mirada inquieta, imprecisa, llena de fantasía enloquecedora. Una mirada que no mira, que piensa en la acción inmediata, una acción imprevisible. Un caos de mirada que no deja de lanzar luces hacia todas partes, más allá de las dos ventanillas abiertas de un taxi negro de los años 50 por donde penetra como un latigazo la atmósfera nueva y pesada de este continente. Los ojos negros del conductor bailan con un movimiento que parecía ir al ritmo del tráfico epiléptico por el que nos movemos. Desviando carriles, esquivando humanidades dispares, automóviles inverosímiles, volantazos y pitidos ensordecedores. Pareciera que sus ojos se  adentraran fugazmente por los recovecos de cada calle, por cada hueco en un muro, por cada ventana en ruinas en cuyo interior una realidad pequeña e inconcebible seguía teniendo lugar. Cuando los ojos permanecen quietos un segundo, pegados al retrovisor en el que nos reflejamos, su mirada es profunda y oscura, contiene un saber que desconozco. Es una frontera. Esconde códigos intraducibles donde no se puede leer si están llenos de amor o de odio. Podría decirse que se ríe de nosotros porque intuye nuestro total desconocimiento de toda la realidad que empieza a tocarnos. Nuestra ilusoria seguridad de occidentales se vendría abajo y nos desprotegería de ahora en adelante, ahora que la escalera por la que subimos no tiene las barandillas con las que hemos aprendido a caminar, a pensar en el tibio refugio de nuestra tradición, de nuestra educación, de lo que hemos sido hasta ahora. Había que empezar a desaprender, a despegar nuestros hábitos de nuestros huesos, observar si nuestros gestos estaban hablando sin voluntad.  Si nuestros ojos, también eran un mar insondable.

Miradas colectivas



Las miradas colectivas son difíciles de describir, no son particulares, faltan detalles, o solo queda un detalle muy alejado de la diversidad que las conforma. Un mar embravecido de palabras y de historias  que pasan como las olas sin mojarte, solo dejando una gota de humedad en el subconsciente, donde se almacena todo lo que los sentidos captan y no nos da tiempo a procesar. Digo subconsciente pero podría decir alma o divinidad contenida en el yo. Después de un tiempo la llama se enciende y lo procesado se convierte en luz. Lo colectivo se convierte en individual y los detalles se perfilan con nitidez dentro de un todo compacto. Pero eso es otra historia.

Bajo aquellas miradas, uno tiende a bajar la mirada, a continuar su camino como si no ocurriera nada. Fingir no ver. Pero los habitantes de este planeta llamado India no fingen no ver lo que están viendo y les llena de curiosidad. Sus miradas no dudan, miran lo que ven, observan, se detienen. No tienen prisa. No se avergüenzan. Ese pudor solo es occidental. Me avergonzaba yo y me preguntaba si yo les molestaba, si perturbaba su horizonte cotidiano. No entendía si las miradas eran de repudio o de grosera indiferencia ante una vida errada. Y sin vivir la hostilidad, la agresión, sentía solo el abismo al pensar que el peligro se iba a manifestar según lo conocemos, que nuestra intuición iba a percibir los nuevos estímulos con la misma eficacia.
No solo yo percibía la extrañeza, ellos también la sentían como yo, me acompañaban en el viaje, en la experiencia, también la suya. Desde ese punto de vista se dieron constantes momentos de comunión incomunicable. Ambos nos maravillamos de la propia extrañeza.