martes, 8 de septiembre de 2015

Aterrizaje extremo 2014

ATERRIZAJE EXTREMO
(Este texto fue escrito en agosto de 2014 tras una estancia de 3 meses en India)



El Zapillo. Carmen Ruiz de Apodaca

Media hora en el Zapillo es suficiente para echar por tierra mis pensamientos horrorizados ante la humanidad que ha pasado ante mis ojos durante mi estancia en la India. La tipología humana que vive en el progreso del primer mundo no puede decirse que haya alcanzado un estado superior sino más bien al contrario, se ha apoltronado en un bienestar que en lugar de elevar sus espíritus ha permitido que sus instintos más bajos dancen a sus anchas en las anchas avenidas asfaltadas de la modernidad. El feísmo generalizado y la vulgaridad consentida resultan mucho más intolerables cuando se dan en el primer mundo.
Si una sociedad inmersa en el progreso, con una población alfabetizada y con cierta igualdad de oportunidades entre sus habitantes no es capaz de elevar su ser es que no merece el confort en el que vive  y acaba convirtiéndose en una plaga parasitaria que devora la estructura de lo que ha costado tanta sangre y tantos siglos construir.

Con las necesidades básicas cubiertas: agua, electricidad, comida y vestido, esta sociedad ha degenerado hacia una estabilidad perversa que involuciona. Si una gran parte de la población india es capaz de vivir en la basura y no percibir el hedor irrespirable de sus calles es una situación infernal producto de la pobreza, de la religión, de la incultura y, sobre todo, de una enfermiza superpoblación. El origen de sus problemas se remonta a muchos siglos atrás y son de otra índole. No es objeto de este escrito abordar este tema sino utilizarlo como contraste y como lente de aumento ante mi estupefacción ante otro modo de vida que hace del hombre un salvaje cuando tiene la posibilidad de elegir otra cosa.
Me pregunto por qué el hombre, cuando tiene casi todo al alcance de la mano para elevar su ser prefiere navegar por lo más bajo de este.

Los gordos siempre me han producido cierto rechazo. A menos que se trate de una enfermedad congénita (y esto no es muy frecuente) el hombre que permite la deformación de su cuerpo por ser incapaz de controlar sus instintos y se deja llevar por la glotonería sin límite me parece un ser repugnante. Alguien que no puede caminar sin hacerse heridas en los muslos por el roce de sus carnes, alguien que no puede hacer el amor ni verse sus genitales pero mantiene siempre sus gruesos y apretados dedos ocupados en sostener un helado de chocolate o un bocadillo me parece un ser que ha perdido su humanidad. La dejadez del cuerpo y el abandono a los placeres me parece una inmoralidad. En la India no es tan común ver gordos (aunque los hay), no solo por la pobreza del subcontinente sino también por la interiorización de los conceptos y la práctica del yoga, además de los preceptos radicales de ciertas creencias religiosas donde el ayuno es parte del ritual de purificación para acceder a la divinidad y a la Verdad. El catolicismo, por otro lado, también considera la gula un pecado capital.  
Un gordo me parece un ser inmoral. Un ser que acapara todo el alimento y lo desperdicia perjudicando su propio cuerpo y provocando un gasto extra para su familia, para el sistema de producción, para el estado.

Me produce repugnancia ver a una ballena disfrazada de mujer tratando de salir del agua, cuerpos patológicamente rellenos de grasa que les hacen caminar como pingüinos, el animal, por otro lado, más ridículo que existe. Si creyera en la reencarnación pensaría que alguien que ha acumulado muy mal karma, no se reencarnará en rata o en mosquito sino en pingüino. Un animal que, además de ser torpe y llevar una dramática y durísima existencia, convive con la tragedia existencial de ser un ave que no puede volar. La perversidad del creador no tiene límites. Los gordos se reencarnarán en pingüinos porque es un pecado acumular tanto alimento para uno solo. El inmensamente gordo no puede sino ser vulgar. Una vez despreciado el interés por el cuidado del propio cuerpo ¿qué interés puede mostrar hacia los otros y su entorno? Quien se desprecia a sí mismo no podrá sino despreciar a los demás. Una vez que el cuerpo crece y se deforma sin control, poco importa el atuendo para tapar las carnes. Por esta zona del Mediterráneo (lugar estratégico y milenario, punto de encuentro entre culturas, fin de la tierra, paraje de sol benevolente) el uniforme es estridente y apretado. Aquí, donde los gordos campan a sus anchas, está de moda la exhibición de las carnes apretadas o fláccidas, poco importa, la obscena presentación de unos cuerpos amorfos asfixiados en exiguos mini shorts, en camisetas sin mangas ni tirantes por donde un abismo de ubres no forman un canalillo sino la desembocadura del Tajo. A este bofetón estético se suman los sonidos chirriantes y deformados de lo que no me atrevería a llamar lenguaje. Me da mucho miedo la plaga que habita la playa de Almería y no deja de reproducirse como conejos creando una curva demográfica que, en el futuro, hará de esta zona privilegiada del Mediterráneo un lugar inhabitable. Los chillidos de las madres sin control llamando a gritos a su prole para que se coma otro bocadillo mientras los patriarcas entierran una sandía en la arena me parece un insulto a la civilización. Los bañadores taparrabos que lucen los adolescentes que se depilan más que sus madres y sus novias, la música de los móviles que suena distorsionada y ensordece el tranquilizador vaivén de las olas…todas esas manifestaciones irrespetuosas con el entorno y con los demás no tienen ninguna diferencia con los gargajos de los indios que escupen sus miasmas en el suelo, ni con sus ventosidades tranquilamente ventiladas, ni con su incapacidad para ver que la calle no es un vertedero. Es exactamente lo mismo, es una agresión pasiva producto de una anulación total del ser y por tanto carente de toda consideración con el otro. Otra cosa más une a los indios con esta especie que habita en el Zapillo: la eliminación de toda barrera entre lo público y lo privado que es, si no me equivoco, uno de los logros de la civilización occidental cuya malinterpretación, por supuesto, llevan al extremo los radicales individualistas de Norteamérica o Japón.

Trato de concentrarme en la lectura de la biografía de Gandhi escrita por José Frèches. Un sonido me devuelve a la India haciendo de mi lectura una perfecta combinación y continuación de los sentidos. Recuerdo los “mantras” de los hombres que venden la verdura y la fruta en sus puestos móviles, en sus puestos-dormitorio, en sus puestos-hogar con ruedas de madera y que gritan repetitivamente algo incomprensible que parece un lamento y que no es más que el anuncio de su paso por el barrio. Pero no estoy en Lajpat Nagar, así que salgo del libro y levanto la vista. Estoy en la playa, una playa atestada de gente vulgar y ruidosa.

Busco el lamento con la mirada hasta topar con un joven de edad indefinida y con algún tipo de retraso mental que está produciendo este sonido. Está peligrosamente delgado y se retuerce en el suelo mientras coge puñados de arena con sus dedos agarrotados y se los echa por encima. Una mujer gitana que debe de ser su madre, una gitana en bikini luciendo todos los colchones mullidos de su vientre, lo agarra de un pie y de una mano como si fuera un cerdo y lo lleva arrastrando hacia la toalla. Lo sostiene en el aire con una fuerza tremenda y se lo pone en su regazo. Le levanta las piernas y le quita sin pudor el bañador y un enorme pañal como si fuera un bebé de 1,75cm. Veo el vello moreno de su pubis y un pene inmenso y oscuro danzando desordenadamente al ritmo que su madre le retira la arena del cuerpo. La escena me deja petrificada. No es la evidencia de una dura realidad existente lo que me aterra sino la gestión de esa realidad. El chico se deja arrastrar y se queda retorcido cerca de la orilla.

Durante todo este proceso no ha dejado de emitir ese sonido repetitivo y grave, como de animal moribundo. Con su cántico penoso continúa echándose arena mecánicamente. Me pregunto qué enfermedad tendrá. Una enfermedad que desde luego le impide tener control sobre su cuerpo y sobre su mente. El chico, que debe tener cerca de 18 años -si no más- de vez en cuando se lleva a la boca los puñados de arena que se echa por encima. Su madre está de pie junto a él pero no lo mira. Piensa que lo está vigilando pero está absorta en el horizonte, no sé qué pasa por su mente, pero su gesto está vacío como si estuviera simplemente en pausa, con esa mirada ajena que tienen los vigilantes de las salas de los museos, no es una mirada de aburrimiento pero tampoco es un silencio elaborado. Un silencio distraído, un silencio obligatorio, un silencio laboral. La madre, con su hijo retorcido a los pies, no puede ver el atracón de piedras con el que el hijo impedido está merendando. De vez en cuando, a través de movimientos compulsivos, el hijo se aleja unos pasos. Cuando la madre se da cuenta lo arrastra de nuevo hasta la sombrilla. Lo arrastra literalmente, de un brazo y de una pierna, sin tener en cuenta si tiene la espalda doblada y el cuello retorcido. Lo maneja como un pelele con los ojos desorbitados y la boca abierta. Retorcido como está, presiona su cabeza para que la apoye en la toalla. Pienso que así no podrá respirar. Es probable que el chico sufra un problema de huesos. Los cuidados de la madre solo podrán empeorar su situación. Pienso en los niños de Benarés, en los enfermos de Benarés, en las madres de Nueva Delhi que dejan a sus bebés jugar entre la basura. Algunas madres, ante la adversidad, pierden todo el sentido común.

De pronto, una chica morena con grandes gafas de sol, camiseta blanca, pantalones anchos de muchos colores y mochila a la espalda, se acerca a la madre gitana. No puedo oírlas pero intuyo su conversación por los gestos. La chica le está preguntando sobre la enfermedad del hijo. Probablemente le esté preguntando si recibe alguna ayuda económica o médica para sus cuidados o si sabe algo de la enfermedad de su hijo y sobre cómo tratarlo. Mientras dura la charla, el chico se ha ido arrastrando y hundiendo de vez en cuando la cabeza en la arena concentrando su mantra hasta alcanzar la toalla de unos bañistas de origen árabe que miran horrorizados la desbordada presencia. La chica saca su móvil y apunta algo. Por fin se dan cuenta de la escena de pánico de los vecinos de playa y la madre acude a rescatar a su hijo. La chica de grandes gafas se despide y se va. La madre vuelve a llevar a rastras a su hijo hacia la orilla.
Pienso que aquí, al menos, este tipo de situación aún llama la atención y hay alguien que es capaz de entrar en contacto para tratar de cambiar determinados comportamientos inhumanos producto de la incultura. En la India, esto me parece imposible. En un país trágicamente superpoblado en el que la inmensa mayoría ha perdido el sentido común o carece por completo de sentido cívico, es difícil actuar caso por caso. Se necesitaría un ejército para mejorar su situación. Y contando con ello, quizá gritarían “¡vivan las caenas!”. ( A esta hipótesis llego después de haber tratado con varios indios que aseguran que los pobres, al menos de Nueva Delhi, prefieren la pobreza, prefieren pedir limosna en un semáforo que trabajar porque ganan más con la caridad y con las ayudas del gobierno. Mi cuñado me contó que durante un tiempo estuvo haciendo la prueba. Cada vez que un mendigo se le acercaba a pedir limosna, mi cuñado le decía que lo contrataba para trabajar en su casa arreglando las plantas del jardín y estando a su servicio. Ninguno aceptó la oferta y los candidatos prefirieron sus aceras a las habitaciones de mi cuñado.

Unos niños pasan corriendo y se detienen encima de mi toalla llenándome le libro y el cuerpo de arena. Emiten algún sonido que mi buena educación interpreta como una disculpa y siguen corriendo. La playa se está llenando de manera inverosímil. Los gritos ordinarios y descontrolados procedentes de todas partes obstaculizan mi lectura. Los muslos celulíticos por doquier y los peinados de peineta en cabelleras oxigenadas me empiezan a poner de mal humor. No es lo que yo tenía en la mente cuando decidí pasar una tarde apacible de playa tras mi regreso a Occidente. Dos grupos de personas rodean mi espacio y plantan sus cosas a medio centímetro de mi toalla. Decido que ya he tenido suficiente. Recojo mis cosas y abandono la playa.

Entristecida por mi jornada frustrada, pensando en que casi es preferible la miseria y la incultura de un pueblo que, desgraciadamente no ha conocido otra cosa, a un pueblo consciente que ha erigido la vulgaridad como dios, camino hacia casa. Pienso en la India y siento nostalgia. Me alejo del paseo marítimo y el paisaje rebaja su intensidad. Casi no hay nadie por la calle. Una chica se me acerca y me da un panfleto sobre una ONG que se dedica a la defensa de los delfines. Me parece que estamos en un mundo de locos. La ONG en cuestión trata de evitar el cautiverio de los delfines que son destinados a los parques acuáticos para hacer espectáculos de natación sincronizada ante la dominante casta de turistas. Me parece fenomenal la iniciativa pero en mi cabeza todo da vueltas y no tengo dónde agarrarme.  

Trato de no pensar más. Me dejo llevar y disfruto por un momento del vacío de la calle y de los suelos asfaltados, del orden urbano, de las palmeras bien erguidas y de las aceras limpias. A lo lejos, veo acercarse un grupo de niños en bicicleta. Los veo reírse con malicia e intuyo lo que va a pasar, a fin de cuentas, tengo memoria y he vivido aquí mucho tiempo, pero uno olvida y se sorprende. Uno de ellos, que no tendrá más de doce años, conduce su bici a toda velocidad. Cuando se aproxima a mí hace un quiebro como si fuera a atropellarme y luego me esquiva en el último segundo. Estoy llena de ira y le digo “muy gracioso” con todo el desprecio que pueden mostrar mis ojos. Entonces grita “¡cómeme la polla!” y le respondo automáticamente “¡que te la coma tu madre!”. Me siento tan mal que tengo ganas de volverme a la playa y darme un baño para purificarme.

Una tristeza infinita me invade ante esta violencia gratuita. Quiero llegar a casa y no salir más.



martes, 2 de junio de 2015

Horror Vacui

Holy Motors.

Cuando el motor del cambio es el vacío lo transformado adquiere una estúpida complejidad.  Es el caso del lenguaje. Acabar con la polisemia y tender a especificar cada vez más debido a una cuestión ideológica (políticamente correcta) vuelve al lenguaje un enfermo: un paralítico siempre temiendo caerse.
Un síntoma de esta minusvalía es el absurdo y repetitivo gesto de las comillas manuales, con los dedos índice y corazón a ambos lados de la cara como si el rostro fuera el texto. Es bonito como metáfora, el rostro es otro texto, pero no creo que se trate de poesía.
En la oralidad, cuya libertad debería dejar fluir el pensamiento y olvidarse de unas reglas ortográficas de un medio que no le es propio,- dado que nos encontramos inmersos en una cultura de la imagen absoluta y donde el lenguaje, reducido y disfrazado, de fiesta, ha dejado de significar- nos aferramos a la imagen escrita de la palabra o del concepto. Por tanto usamos nuestro gesto como bastón de la tipografía. La oralidad también está paralítica.
Del mismo modo que usamos una imagen para ilustrar las palabras en una comunicación oral (las dichosas comillas manuales) subestimamos la escritura y le añadimos imágenes para sostener un discurso, para subrayar la intención. Transmitir la ironía ha dejado de ser un uso virtuoso de la palabra y el sentido porque no hay más que poner una carita guiñando un ojo para que se capte la idea. Las muletas perniciosas de la comunicación escrita son el limitado reino del emoticono.  Y se subestima el lenguaje al no considerarlo lo suficientemente rico como para transmitir intenciones sin necesidad pictórica (de otro modo, estaríamos volviendo a un estado primitivo del lenguaje y la evolución de las lenguas no habría servido para nada -una nueva gran broma de la historia), pero quizá ya no se trate de lenguaje, ya no se trate de comunicación sino de información; no de expresión sino de emoción.
Así las cosas, estamos llenando al lenguaje de artefactos, decorándolo con una mínima pero constante cantidad de adornos que obstaculizan su naturalidad y desvían su fin. Estamos viviendo el rococó del lenguaje, que como sucedió siglos atrás, procede de un profundo horror vacui propio de una época en decadencia.
El lenguaje de las redes sociales y de los medios de comunicación instantánea se contagia en los modos de expresión orales creando en la realidad escenas realmente cómicas. Así, tras un encuentro (real) entre amigos y después de los rigurosos besos y abrazos (cada vez nos queremos más) puede uno escuchar tras el “adiós” un aparatoso “un besito”.
Parece que la frontera entre los distintos tipos de lenguaje es cada vez más indefinida, imprecisa. Además de otros muchos motivos, se debe también a que el lenguaje está cada vez más ideologizado. Está cambiando mucho en muy poco tiempo. Está volviéndose torpe y titubeante. Ha perdido homogeneidad (aunque parezca paradójico), ha perdido fuerza. Ahora, escoger una palabra ya no depende tanto de un acto natural de selección entre el repertorio adquirido mediante una educación y dominada por el matiz, la precisión, la belleza o el sentido sino que está sodomizada al significado simbólico, ideológico. La manera en la que tiende a expresarse un individuo ya no denota tanto su nivel cultural como su postura política. Una persona que elabora un discurso de 30 líneas pudiendo hacerlo en 10 (pues el resto no aporta nada al contenido del texto) pone en evidencia que el motor de este discurso no es una intención comunicativa sino propagandística. Echando un vistazo a las reseñas y artículos sobre  la publicación de La literatura como bluff (1950), famoso panfleto de Julian Graq publicado por primera vez en España en 2009, encontré una reseña interesante no por su contenido sino por su forma.  El texto tendría unas 60 líneas (en tres columnas pequeñas de unas 20 líneas cada una) el autor había tenido la astucia de introducir cuatro veces un adjetivo cuyo sufijo es ambiguo, puede serlo todo, pero es vago. Leer “escritores/as”, “autores/as” cuatro veces en un breve fragmento sobre la publicación sarcástica y crítica del bufón Braq (como el bufón Gombrowicz) quien probablemente se mofaría de semejante ocurrencia, me parece como mínimo, poco respetuoso con la obra de un autor. Y no es respetuosa porque  el foco ya no está en lo que el libro tiene que revelarnos con su lectura sino en  la pancarta tras la cual se esconde una figura política a la que le han dado un espacio en un diario en el que no tiene nada que aportar más que más ideología.  No diré quién es el/ la autor/a.
Se trata, pues del rococó del lenguaje, y por tanto, un rerococó en la cultura, y por tanto una decadencia decadente. La sofisticación  del lenguaje producida por los neologismos y anglicismos de la era digital viaja a toda velocidad sobre los raíles paralelos de una sintaxis simple pero extensa. Repetitiva. Influencialización, influenciado por, explosionar…amén del uso delirante del sufijo auto incluso en los verbos reflexivos, morfológicamente o no, que llenan de redundancia cada enunciado: autoconcienciarse, autoreflexionar. Como dijo Óscar Pujol, antiguo director del Instituto Cervantes de Nueva Delhi, “las lenguas modernas son redundantes”.


Baelo Claudia. Carmen Ruiz de Apodaca

La cuestión del lenguaje inclusivo, no machista es una deriva más de los tiempos y se lo debemos al logro del feminismo talibán que ha conseguido borrar de la historia de la lengua la palabra fundacional de la civilización, la palabra hombre. Y no solo se trata de lenguaje. Condenar una palabra es condenar una realidad y la realidad es que el hombre actual se siente culpable de ser hombre y no actúa como tal por miedo a ser represaliado por su antiguo estigma de macho dominante maltratador. El hombre se ha conformado con su nuevo estatus de patriarca disminuido. Las fronteras del lenguaje se han desdibujado del mismo modo que las fronteras entre los sexos. Así que el hombre ya no existe. No sé qué van a hacer ahora con los libros de historia: “El hombre y la mujer Cromagnona”, “Las personas Cromagnonas”. Es posible que el lenguaje haya cambiado de manera similar a lo largo de la historia pero la evolución de una lengua siempre es económica, tiende a sintetizar, a contraer no a elaborar sintaxis cada vez más extensas. El vacío relleno de redundancias. Hace mucho que ha dejado de ser extraño oír o leer “las personas humanas”. Además de aniquilar algunos términos como el mencionado hombre, que ha dejado de definir a la especie humana en general y solo significa varón, tenemos otros cuantos términos que han sufrido el mismo destino: el ostracismo. Como la palabra “sexo” para diferenciar entre hombre y mujer, que ha sido aplastada por el vago género que en español se utiliza para la persona gramatical no la humana.
Este asesinato léxico no es solo producto de la ideología feminista sino que también responde a la ola de especificidad, la plaga de la especificidad que venimos sufriendo.  Y en ella, la simplicidad. La muerte de la polisemia es uno de los desastres culturales  más palpables de esta era y un síntoma más de que el lenguaje se ha convertido en ideología y opera sus cambios en función de las sensibilidades sociales en lugar de operarlos según su uso natural y su evolución histórica. Pero el devenir de las cosas nos entrega perlas que compiten con la imaginación literaria por ficticia y cómica que puede llegar a ser la realidad. La manifestación de los gitanos pidiendo que se quite del Diccionario de la Real Academia una de las acepciones que los califica de rateros,  me parece un argumento inmejorable para una obra cómica.  
Además de la muerte de la polisemia, el lenguaje de pronto empieza a significar otra cosa lo que crea cierta confusión y malentendidos. Ya nada es lo que parece y nadamos con manguitos en el océano del eufemismo institucionalizado.
Resulta paradójico ese integrismo con el lenguaje en esta era de la especificidad técnica de los lenguajes y los saberes. Pero seamos optimistas. En el momento en el que las fronteras desaparecen aparece la libertad para reinventar, construir, modificar, establecer otras fronteras más complejas que formen un todo que nos defina en su expresión. Sin embargo, nos estamos hundiendo en el pastiche y, a la vez que lideramos el “todo vale”, un departamento universitario o empresarial (ya no hay mucha diferencia) se dedica a clasificar cada bisagra del todo y darle un nombre, un tecnicismo para que todo esté bajo control. Quizá esta tecnificación del lenguaje sea otro instrumento más de la mentalidad capitalista que ha invadido todos los ámbitos. Cada vez que alguien acuña un término abre la posibilidad de crear una categoría, una disciplina que acogerá la sociología para crear una nueva asignatura, un máster, un congreso, un premio, unas publicaciones y así seguir manteniendo a un montón de adultos que se dedican a analizar, por ejemplo, el fenómeno “selfie”.


Mall. Carmen Ruiz de Apodaca

En esta especificación –que se quiere confundir con especialidad- impuesta al lenguaje parece haber una campaña de marketing que se articula gracias al ansia de clasificar. Porque el lenguaje se ha convertido en otro producto de consumo, en otro instrumento al servicio del poder para forzar a los consumidores a que sigan consumiendo y consumiéndose. Es espeluznante ver lo rápido que la sociedad acepta y asimila esas nuevas pastillas léxicas que los unen como grupo. Que los etiquetan. 
El capitalismo crea la especificidad, crea la patente, para crear nuevas necesidades y hacer de su mercado una política dominante -por soterrada- y de sus consumidores, súbditos. Súbditos contentos. Amplía su mercado, sus clientes, subdividiendo las necesidades de consumo en la clasificación ilimitada de mínimas variaciones. Esto da como resultado unos consumidores agotados, trastornados y egocéntricos. La constante toma de decisiones, por muy fútil que sea, provoca un gasto de energía precioso que nos deja atolondrados el resto del día. Si uno pretende comprar un cartón de leche en un gran supermercado en cinco minutos y volver a casa se llevará una desilusión. Una vez encontrado el pasillo correspondiente a los lácteos, se verá empequeñecido ante los inmensos estantes con, al menos, 20 posibilidades distintas. Todas las marcas con todas sus variaciones: entera, semidesnatada y desnatada. Enriquecida con calcio. Enriquecida con calcio y desnatada. Enriquecida con calcio y sin lactosa. Enriquecida con calcio y para lactantes. Enriquecida con calcio y con vainilla. Sin calcio….haré una lista más específica. Elegir un cartón de leche puede llevar más de un cuarto de hora. Quizá el mundo está hecho para los que lo tienen todo muy claro, los que saben qué tipo de leche toman, que champú es el adecuado teniendo en cuenta su color, su volumen, su longitud, su forma, su caspa, su textura, su sequedad, su desgaste, el periodo estacional, la zona geográfica. Pero los que tenemos dificultades para la elección súbita, eso es otra historia. Es un laberinto de posibilidades en las que uno puede detenerse, curiosear, pero este tipo de curiosidad me parece que no es nada productiva, es más bien de entretenimiento. La vana curiositas de San Agustín, que citaba Massimo Rizzante[1] para entender la mirada infantil del arte contemporáneo hecho por y para infantosaurios, una especie que de los 18 a los 75 años tendrá la misma edad hasta el día de su extinción.
Y en este estado de perpetuo entretenimiento, de embriaguez de libertad clasificada, la cultura pretende emerger de la misma manera. Convirtiéndose en producto de consumo masivo, lo que necesariamente desvirtúa al arte.
Vivimos en una proliferación de movimientos culturales, museos, espacios dedicados a las artes y a las ciencias. Puro continente sin contenido. Una protección de una cultura de mercado, que no un mercado de cultura que, por otro lado, ha existido siempre entre las élites. Hay casi tantos ayuntamientos como asociaciones y centros de cultura de recién apertura, megalópolis de cultura enlatada, parques de atracciones de la cultura donde tiene que generarse cultura. Premios literarios que tienen que ser entregados; salas de exposiciones que tienen que mostrar algo.
Pero no siempre hay algo que mostrar, habría que decirle a este tiempo. Hay veces que hay que contemplar, echar la vista atrás y contemplar con los ojos más abiertos, lo suficiente como para querer otra cosa. No la copia, no la repetición eterna en un eterno presente muy estridente y presumido.  Después de la inauguración de ciudades de artes y de espacios culturales donde todo tiene cabida se espera que se genere arte. ¿La cultura se puede generar en un laboratorio? Obras, se pueden crear en un espacio cerrado. La cultura creo que no. Se quiere crear cultura, fabricarla, producirla en serie. Además está muy de moda, es muy políticamente correcto. Porque lo políticamente correcto es otro concepto que ha sido desplazado. Lo políticamente correcto era lo que la censura iba a tolerar, lo que el poder iba a aceptar sin que esa manifestación pusiera en peligro sus pilares y beneficios. Lo políticamente incorrecto iba a contracorriente, entrañaba sus peligros, era una postura valiente, compleja y difícil de entender por la inmensa mayoría. Sin embargo, ahora lo políticamente incorrecto es lo políticamente correcto; porque todos han aprendido consignas de revolución pero sin desembocar  en revolución, lo que es un poco bochornoso.  Ahora que todo el mundo quiere destruir el sistema, ahora que todos están desengañados,  ahora que todos han perdido la fe, ¿cómo ser políticamente incorrecto, cómo escandalizar y provocar cuando se han sobrepasado todos los límites de lo obsceno y además desde una gran vulgaridad? Uno no puede ir a contracorriente en masa, porque haría de su caudal otra corriente. Es imposible. Es un síntoma de una cultura esquizofrénica y llena de insatisfacción. Mi generación es la de las mentes sin centro con un pasado que miraba hacia un futuro que jamás se realizaría.


Zahara. Carmen Ruiz de Apodaca

Así que del mismo modo que proliferan los espacios culturales, proliferan los premios literarios y los talentos. La época más talentosa de la historia del hombre. En este estado de libertad intelectual, todos son hostigados a mostrar sus talentos. Aunque la creatividad no es creación, ni el talento tiene por qué tener genio. Para detectar a un genio entre mil candidatos, se necesitaría otro genio más que lo escogiera a él de entre los demás. Dos genios entre mil personas me parece poco probable. Así que el genio se esconde entre la masa de artistas que trabajan su mismo arte pero no son genios. ¿Qué harán para hacerse notar sean genios o no? Hacer su carrera. Estar en todas partes en las que pueda darse a conocer, tener siempre algo interesante que decir  y dedicarse, en fin a otra cosa, a la vida social que eso entraña. Presentarse a todos los premios, darle la mano a un montón de gente de negocios, generalmente, prostituirse. Nada que ver con el arte. El genio no puede convencer a un jurado, se necesitarían dos genios. A día de hoy hay más premios y subvenciones o escuelas y mecenas artísticos que en toda la historia de la humanidad. Hace 30 años, había gente que no sabía leer y no había ido, por supuesto, a un teatro o a un cine en su vida. Hoy creo que hasta el pueblo más perdido de las montañas del Pirineo tiene una ópera. Y es fantástico no tener que salir de tus estepas para adentrarte en el Moma, pero eso no significa que seamos más cultos. Más bien todo lo contrario. La cultura es un todo, forma parte de un camino, el arte no existe aislado y descontextualizado. No se entiende. Y si gusta, es un gusto infantil, un capricho. Nada que ver con la expresión de una época. Poco importa saberse de memoria todos los cuadros colgados en una exposición sobre el Expresionismo alemán si se desconoce la historia europea de finales del siglo XIX y principios del XX, la sociedad que vivió el inicio de una guerra que marcaría su historia y, como no podía ser de otro modo, su arte. El arte es exquisito.


Por Houellebecq. Carmen Ruiz de Apodaca

El exceso de especialización no crea sociedades más sabias ni mejores sino más técnicas y mecánicas, fácilmente domesticables ya que su alto grado de especificidad, las hace ignorantes en todo lo demás. Los planes de estudios y las continuas reformas en la enseñanza universitaria así como en la secundaria obligatoria ya están asfaltando ese camino: el camino de la ignorancia generalizada. Una suerte de regresión al lugar del que todos huimos: el de la barbarie. Diseminar las disciplinas y encapsularlas no nos ha hecho más conocedores de la realidad sino más incultos. Un filólogo debería tener la misma base que un jurista o un historiador. Pero que un filólogo no tenga una enseñanza común a otro filólogo de otra lengua es incomprensible. En la era de la globalización, en lugar de abrazar la Wertliteratur, se abraza un localismo realmente prescindible. Repito lo de siempre; probablemente una idea que me surgió al ver por primera vez Metropolis o Tiempos Modernos: unos pocos serán capaces de introducir el tornillo que hace funcionar la máquina e ignorarán por completo el modo de sacarlo ni quién lo saca. Podría ser que el proyecto fuera alcanzar la casta de los trabajadores. Es probable que Huxley no vaticinara nada sino que unos intelectuales copiaran la idea (pensar es un peligro; escribir lo pensado, un peligro público…esto lo explica muy bien Ricardo Piglia cuando ficciona el encuentro entre Hitler y Kafka) que ya se está poniendo en práctica gracias a la anestesia generalizada. Hay que tener cuidado con lo que se piensa, sobre todo, con lo que se dice. El hombre es perverso y succiona las pesadillas ajenas. Cuidado con las utopías, son generadoras de ideas.


Birkenau. Carmen Ruiz de Apodaca



[1] No somos los últimos. Massimo Rizzante.