martes, 2 de junio de 2015

Horror Vacui

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Holy Motors.

Cuando el motor del cambio es el vacío lo transformado adquiere una estúpida complejidad.  Es el caso del lenguaje. Acabar con la polisemia y tender a especificar cada vez más debido a una cuestión ideológica (políticamente correcta) vuelve al lenguaje un enfermo: un paralítico siempre temiendo caerse.
Un síntoma de esta minusvalía es el absurdo y repetitivo gesto de las comillas manuales, con los dedos índice y corazón a ambos lados de la cara como si el rostro fuera el texto. Es bonito como metáfora, el rostro es otro texto, pero no creo que se trate de poesía.
En la oralidad, cuya libertad debería dejar fluir el pensamiento y olvidarse de unas reglas ortográficas de un medio que no le es propio,- dado que nos encontramos inmersos en una cultura de la imagen absoluta y donde el lenguaje, reducido y disfrazado, de fiesta, ha dejado de significar- nos aferramos a la imagen escrita de la palabra o del concepto. Por tanto usamos nuestro gesto como bastón de la tipografía. La oralidad también está paralítica.
Del mismo modo que usamos una imagen para ilustrar las palabras en una comunicación oral (las dichosas comillas manuales) subestimamos la escritura y le añadimos imágenes para sostener un discurso, para subrayar la intención. Transmitir la ironía ha dejado de ser un uso virtuoso de la palabra y el sentido porque no hay más que poner una carita guiñando un ojo para que se capte la idea. Las muletas perniciosas de la comunicación escrita son el limitado reino del emoticono.  Y se subestima el lenguaje al no considerarlo lo suficientemente rico como para transmitir intenciones sin necesidad pictórica (de otro modo, estaríamos volviendo a un estado primitivo del lenguaje y la evolución de las lenguas no habría servido para nada -una nueva gran broma de la historia), pero quizá ya no se trate de lenguaje, ya no se trate de comunicación sino de información; no de expresión sino de emoción.
Así las cosas, estamos llenando al lenguaje de artefactos, decorándolo con una mínima pero constante cantidad de adornos que obstaculizan su naturalidad y desvían su fin. Estamos viviendo el rococó del lenguaje, que como sucedió siglos atrás, procede de un profundo horror vacui propio de una época en decadencia.
El lenguaje de las redes sociales y de los medios de comunicación instantánea se contagia en los modos de expresión orales creando en la realidad escenas realmente cómicas. Así, tras un encuentro (real) entre amigos y después de los rigurosos besos y abrazos (cada vez nos queremos más) puede uno escuchar tras el “adiós” un aparatoso “un besito”.
Parece que la frontera entre los distintos tipos de lenguaje es cada vez más indefinida, imprecisa. Además de otros muchos motivos, se debe también a que el lenguaje está cada vez más ideologizado. Está cambiando mucho en muy poco tiempo. Está volviéndose torpe y titubeante. Ha perdido homogeneidad (aunque parezca paradójico), ha perdido fuerza. Ahora, escoger una palabra ya no depende tanto de un acto natural de selección entre el repertorio adquirido mediante una educación y dominada por el matiz, la precisión, la belleza o el sentido sino que está sodomizada al significado simbólico, ideológico. La manera en la que tiende a expresarse un individuo ya no denota tanto su nivel cultural como su postura política. Una persona que elabora un discurso de 30 líneas pudiendo hacerlo en 10 (pues el resto no aporta nada al contenido del texto) pone en evidencia que el motor de este discurso no es una intención comunicativa sino propagandística. Echando un vistazo a las reseñas y artículos sobre  la publicación de La literatura como bluff (1950), famoso panfleto de Julian Graq publicado por primera vez en España en 2009, encontré una reseña interesante no por su contenido sino por su forma.  El texto tendría unas 60 líneas (en tres columnas pequeñas de unas 20 líneas cada una) el autor había tenido la astucia de introducir cuatro veces un adjetivo cuyo sufijo es ambiguo, puede serlo todo, pero es vago. Leer “escritores/as”, “autores/as” cuatro veces en un breve fragmento sobre la publicación sarcástica y crítica del bufón Braq (como el bufón Gombrowicz) quien probablemente se mofaría de semejante ocurrencia, me parece como mínimo, poco respetuoso con la obra de un autor. Y no es respetuosa porque  el foco ya no está en lo que el libro tiene que revelarnos con su lectura sino en  la pancarta tras la cual se esconde una figura política a la que le han dado un espacio en un diario en el que no tiene nada que aportar más que más ideología.  No diré quién es el/ la autor/a.
Se trata, pues del rococó del lenguaje, y por tanto, un rerococó en la cultura, y por tanto una decadencia decadente. La sofisticación  del lenguaje producida por los neologismos y anglicismos de la era digital viaja a toda velocidad sobre los raíles paralelos de una sintaxis simple pero extensa. Repetitiva. Influencialización, influenciado por, explosionar…amén del uso delirante del sufijo auto incluso en los verbos reflexivos, morfológicamente o no, que llenan de redundancia cada enunciado: autoconcienciarse, autoreflexionar. Como dijo Óscar Pujol, antiguo director del Instituto Cervantes de Nueva Delhi, “las lenguas modernas son redundantes”.


Baelo Claudia. Carmen Ruiz de Apodaca

La cuestión del lenguaje inclusivo, no machista es una deriva más de los tiempos y se lo debemos al logro del feminismo talibán que ha conseguido borrar de la historia de la lengua la palabra fundacional de la civilización, la palabra hombre. Y no solo se trata de lenguaje. Condenar una palabra es condenar una realidad y la realidad es que el hombre actual se siente culpable de ser hombre y no actúa como tal por miedo a ser represaliado por su antiguo estigma de macho dominante maltratador. El hombre se ha conformado con su nuevo estatus de patriarca disminuido. Las fronteras del lenguaje se han desdibujado del mismo modo que las fronteras entre los sexos. Así que el hombre ya no existe. No sé qué van a hacer ahora con los libros de historia: “El hombre y la mujer Cromagnona”, “Las personas Cromagnonas”. Es posible que el lenguaje haya cambiado de manera similar a lo largo de la historia pero la evolución de una lengua siempre es económica, tiende a sintetizar, a contraer no a elaborar sintaxis cada vez más extensas. El vacío relleno de redundancias. Hace mucho que ha dejado de ser extraño oír o leer “las personas humanas”. Además de aniquilar algunos términos como el mencionado hombre, que ha dejado de definir a la especie humana en general y solo significa varón, tenemos otros cuantos términos que han sufrido el mismo destino: el ostracismo. Como la palabra “sexo” para diferenciar entre hombre y mujer, que ha sido aplastada por el vago género que en español se utiliza para la persona gramatical no la humana.
Este asesinato léxico no es solo producto de la ideología feminista sino que también responde a la ola de especificidad, la plaga de la especificidad que venimos sufriendo.  Y en ella, la simplicidad. La muerte de la polisemia es uno de los desastres culturales  más palpables de esta era y un síntoma más de que el lenguaje se ha convertido en ideología y opera sus cambios en función de las sensibilidades sociales en lugar de operarlos según su uso natural y su evolución histórica. Pero el devenir de las cosas nos entrega perlas que compiten con la imaginación literaria por ficticia y cómica que puede llegar a ser la realidad. La manifestación de los gitanos pidiendo que se quite del Diccionario de la Real Academia una de las acepciones que los califica de rateros,  me parece un argumento inmejorable para una obra cómica.  
Además de la muerte de la polisemia, el lenguaje de pronto empieza a significar otra cosa lo que crea cierta confusión y malentendidos. Ya nada es lo que parece y nadamos con manguitos en el océano del eufemismo institucionalizado.
Resulta paradójico ese integrismo con el lenguaje en esta era de la especificidad técnica de los lenguajes y los saberes. Pero seamos optimistas. En el momento en el que las fronteras desaparecen aparece la libertad para reinventar, construir, modificar, establecer otras fronteras más complejas que formen un todo que nos defina en su expresión. Sin embargo, nos estamos hundiendo en el pastiche y, a la vez que lideramos el “todo vale”, un departamento universitario o empresarial (ya no hay mucha diferencia) se dedica a clasificar cada bisagra del todo y darle un nombre, un tecnicismo para que todo esté bajo control. Quizá esta tecnificación del lenguaje sea otro instrumento más de la mentalidad capitalista que ha invadido todos los ámbitos. Cada vez que alguien acuña un término abre la posibilidad de crear una categoría, una disciplina que acogerá la sociología para crear una nueva asignatura, un máster, un congreso, un premio, unas publicaciones y así seguir manteniendo a un montón de adultos que se dedican a analizar, por ejemplo, el fenómeno “selfie”.


Mall. Carmen Ruiz de Apodaca

En esta especificación –que se quiere confundir con especialidad- impuesta al lenguaje parece haber una campaña de marketing que se articula gracias al ansia de clasificar. Porque el lenguaje se ha convertido en otro producto de consumo, en otro instrumento al servicio del poder para forzar a los consumidores a que sigan consumiendo y consumiéndose. Es espeluznante ver lo rápido que la sociedad acepta y asimila esas nuevas pastillas léxicas que los unen como grupo. Que los etiquetan. 
El capitalismo crea la especificidad, crea la patente, para crear nuevas necesidades y hacer de su mercado una política dominante -por soterrada- y de sus consumidores, súbditos. Súbditos contentos. Amplía su mercado, sus clientes, subdividiendo las necesidades de consumo en la clasificación ilimitada de mínimas variaciones. Esto da como resultado unos consumidores agotados, trastornados y egocéntricos. La constante toma de decisiones, por muy fútil que sea, provoca un gasto de energía precioso que nos deja atolondrados el resto del día. Si uno pretende comprar un cartón de leche en un gran supermercado en cinco minutos y volver a casa se llevará una desilusión. Una vez encontrado el pasillo correspondiente a los lácteos, se verá empequeñecido ante los inmensos estantes con, al menos, 20 posibilidades distintas. Todas las marcas con todas sus variaciones: entera, semidesnatada y desnatada. Enriquecida con calcio. Enriquecida con calcio y desnatada. Enriquecida con calcio y sin lactosa. Enriquecida con calcio y para lactantes. Enriquecida con calcio y con vainilla. Sin calcio….haré una lista más específica. Elegir un cartón de leche puede llevar más de un cuarto de hora. Quizá el mundo está hecho para los que lo tienen todo muy claro, los que saben qué tipo de leche toman, que champú es el adecuado teniendo en cuenta su color, su volumen, su longitud, su forma, su caspa, su textura, su sequedad, su desgaste, el periodo estacional, la zona geográfica. Pero los que tenemos dificultades para la elección súbita, eso es otra historia. Es un laberinto de posibilidades en las que uno puede detenerse, curiosear, pero este tipo de curiosidad me parece que no es nada productiva, es más bien de entretenimiento. La vana curiositas de San Agustín, que citaba Massimo Rizzante[1] para entender la mirada infantil del arte contemporáneo hecho por y para infantosaurios, una especie que de los 18 a los 75 años tendrá la misma edad hasta el día de su extinción.
Y en este estado de perpetuo entretenimiento, de embriaguez de libertad clasificada, la cultura pretende emerger de la misma manera. Convirtiéndose en producto de consumo masivo, lo que necesariamente desvirtúa al arte.
Vivimos en una proliferación de movimientos culturales, museos, espacios dedicados a las artes y a las ciencias. Puro continente sin contenido. Una protección de una cultura de mercado, que no un mercado de cultura que, por otro lado, ha existido siempre entre las élites. Hay casi tantos ayuntamientos como asociaciones y centros de cultura de recién apertura, megalópolis de cultura enlatada, parques de atracciones de la cultura donde tiene que generarse cultura. Premios literarios que tienen que ser entregados; salas de exposiciones que tienen que mostrar algo.
Pero no siempre hay algo que mostrar, habría que decirle a este tiempo. Hay veces que hay que contemplar, echar la vista atrás y contemplar con los ojos más abiertos, lo suficiente como para querer otra cosa. No la copia, no la repetición eterna en un eterno presente muy estridente y presumido.  Después de la inauguración de ciudades de artes y de espacios culturales donde todo tiene cabida se espera que se genere arte. ¿La cultura se puede generar en un laboratorio? Obras, se pueden crear en un espacio cerrado. La cultura creo que no. Se quiere crear cultura, fabricarla, producirla en serie. Además está muy de moda, es muy políticamente correcto. Porque lo políticamente correcto es otro concepto que ha sido desplazado. Lo políticamente correcto era lo que la censura iba a tolerar, lo que el poder iba a aceptar sin que esa manifestación pusiera en peligro sus pilares y beneficios. Lo políticamente incorrecto iba a contracorriente, entrañaba sus peligros, era una postura valiente, compleja y difícil de entender por la inmensa mayoría. Sin embargo, ahora lo políticamente incorrecto es lo políticamente correcto; porque todos han aprendido consignas de revolución pero sin desembocar  en revolución, lo que es un poco bochornoso.  Ahora que todo el mundo quiere destruir el sistema, ahora que todos están desengañados,  ahora que todos han perdido la fe, ¿cómo ser políticamente incorrecto, cómo escandalizar y provocar cuando se han sobrepasado todos los límites de lo obsceno y además desde una gran vulgaridad? Uno no puede ir a contracorriente en masa, porque haría de su caudal otra corriente. Es imposible. Es un síntoma de una cultura esquizofrénica y llena de insatisfacción. Mi generación es la de las mentes sin centro con un pasado que miraba hacia un futuro que jamás se realizaría.


Zahara. Carmen Ruiz de Apodaca

Así que del mismo modo que proliferan los espacios culturales, proliferan los premios literarios y los talentos. La época más talentosa de la historia del hombre. En este estado de libertad intelectual, todos son hostigados a mostrar sus talentos. Aunque la creatividad no es creación, ni el talento tiene por qué tener genio. Para detectar a un genio entre mil candidatos, se necesitaría otro genio más que lo escogiera a él de entre los demás. Dos genios entre mil personas me parece poco probable. Así que el genio se esconde entre la masa de artistas que trabajan su mismo arte pero no son genios. ¿Qué harán para hacerse notar sean genios o no? Hacer su carrera. Estar en todas partes en las que pueda darse a conocer, tener siempre algo interesante que decir  y dedicarse, en fin a otra cosa, a la vida social que eso entraña. Presentarse a todos los premios, darle la mano a un montón de gente de negocios, generalmente, prostituirse. Nada que ver con el arte. El genio no puede convencer a un jurado, se necesitarían dos genios. A día de hoy hay más premios y subvenciones o escuelas y mecenas artísticos que en toda la historia de la humanidad. Hace 30 años, había gente que no sabía leer y no había ido, por supuesto, a un teatro o a un cine en su vida. Hoy creo que hasta el pueblo más perdido de las montañas del Pirineo tiene una ópera. Y es fantástico no tener que salir de tus estepas para adentrarte en el Moma, pero eso no significa que seamos más cultos. Más bien todo lo contrario. La cultura es un todo, forma parte de un camino, el arte no existe aislado y descontextualizado. No se entiende. Y si gusta, es un gusto infantil, un capricho. Nada que ver con la expresión de una época. Poco importa saberse de memoria todos los cuadros colgados en una exposición sobre el Expresionismo alemán si se desconoce la historia europea de finales del siglo XIX y principios del XX, la sociedad que vivió el inicio de una guerra que marcaría su historia y, como no podía ser de otro modo, su arte. El arte es exquisito.


Por Houellebecq. Carmen Ruiz de Apodaca

El exceso de especialización no crea sociedades más sabias ni mejores sino más técnicas y mecánicas, fácilmente domesticables ya que su alto grado de especificidad, las hace ignorantes en todo lo demás. Los planes de estudios y las continuas reformas en la enseñanza universitaria así como en la secundaria obligatoria ya están asfaltando ese camino: el camino de la ignorancia generalizada. Una suerte de regresión al lugar del que todos huimos: el de la barbarie. Diseminar las disciplinas y encapsularlas no nos ha hecho más conocedores de la realidad sino más incultos. Un filólogo debería tener la misma base que un jurista o un historiador. Pero que un filólogo no tenga una enseñanza común a otro filólogo de otra lengua es incomprensible. En la era de la globalización, en lugar de abrazar la Wertliteratur, se abraza un localismo realmente prescindible. Repito lo de siempre; probablemente una idea que me surgió al ver por primera vez Metropolis o Tiempos Modernos: unos pocos serán capaces de introducir el tornillo que hace funcionar la máquina e ignorarán por completo el modo de sacarlo ni quién lo saca. Podría ser que el proyecto fuera alcanzar la casta de los trabajadores. Es probable que Huxley no vaticinara nada sino que unos intelectuales copiaran la idea (pensar es un peligro; escribir lo pensado, un peligro público…esto lo explica muy bien Ricardo Piglia cuando ficciona el encuentro entre Hitler y Kafka) que ya se está poniendo en práctica gracias a la anestesia generalizada. Hay que tener cuidado con lo que se piensa, sobre todo, con lo que se dice. El hombre es perverso y succiona las pesadillas ajenas. Cuidado con las utopías, son generadoras de ideas.


Birkenau. Carmen Ruiz de Apodaca



[1] No somos los últimos. Massimo Rizzante.