martes, 8 de septiembre de 2015

Aterrizaje extremo 2014

ATERRIZAJE EXTREMO
(Este texto fue escrito en agosto de 2014 tras una estancia de 3 meses en India)



El Zapillo. Carmen Ruiz de Apodaca

Media hora en el Zapillo es suficiente para echar por tierra mis pensamientos horrorizados ante la humanidad que ha pasado ante mis ojos durante mi estancia en la India. La tipología humana que vive en el progreso del primer mundo no puede decirse que haya alcanzado un estado superior sino más bien al contrario, se ha apoltronado en un bienestar que en lugar de elevar sus espíritus ha permitido que sus instintos más bajos dancen a sus anchas en las anchas avenidas asfaltadas de la modernidad. El feísmo generalizado y la vulgaridad consentida resultan mucho más intolerables cuando se dan en el primer mundo.
Si una sociedad inmersa en el progreso, con una población alfabetizada y con cierta igualdad de oportunidades entre sus habitantes no es capaz de elevar su ser es que no merece el confort en el que vive  y acaba convirtiéndose en una plaga parasitaria que devora la estructura de lo que ha costado tanta sangre y tantos siglos construir.

Con las necesidades básicas cubiertas: agua, electricidad, comida y vestido, esta sociedad ha degenerado hacia una estabilidad perversa que involuciona. Si una gran parte de la población india es capaz de vivir en la basura y no percibir el hedor irrespirable de sus calles es una situación infernal producto de la pobreza, de la religión, de la incultura y, sobre todo, de una enfermiza superpoblación. El origen de sus problemas se remonta a muchos siglos atrás y son de otra índole. No es objeto de este escrito abordar este tema sino utilizarlo como contraste y como lente de aumento ante mi estupefacción ante otro modo de vida que hace del hombre un salvaje cuando tiene la posibilidad de elegir otra cosa.
Me pregunto por qué el hombre, cuando tiene casi todo al alcance de la mano para elevar su ser prefiere navegar por lo más bajo de este.

Los gordos siempre me han producido cierto rechazo. A menos que se trate de una enfermedad congénita (y esto no es muy frecuente) el hombre que permite la deformación de su cuerpo por ser incapaz de controlar sus instintos y se deja llevar por la glotonería sin límite me parece un ser repugnante. Alguien que no puede caminar sin hacerse heridas en los muslos por el roce de sus carnes, alguien que no puede hacer el amor ni verse sus genitales pero mantiene siempre sus gruesos y apretados dedos ocupados en sostener un helado de chocolate o un bocadillo me parece un ser que ha perdido su humanidad. La dejadez del cuerpo y el abandono a los placeres me parece una inmoralidad. En la India no es tan común ver gordos (aunque los hay), no solo por la pobreza del subcontinente sino también por la interiorización de los conceptos y la práctica del yoga, además de los preceptos radicales de ciertas creencias religiosas donde el ayuno es parte del ritual de purificación para acceder a la divinidad y a la Verdad. El catolicismo, por otro lado, también considera la gula un pecado capital.  
Un gordo me parece un ser inmoral. Un ser que acapara todo el alimento y lo desperdicia perjudicando su propio cuerpo y provocando un gasto extra para su familia, para el sistema de producción, para el estado.

Me produce repugnancia ver a una ballena disfrazada de mujer tratando de salir del agua, cuerpos patológicamente rellenos de grasa que les hacen caminar como pingüinos, el animal, por otro lado, más ridículo que existe. Si creyera en la reencarnación pensaría que alguien que ha acumulado muy mal karma, no se reencarnará en rata o en mosquito sino en pingüino. Un animal que, además de ser torpe y llevar una dramática y durísima existencia, convive con la tragedia existencial de ser un ave que no puede volar. La perversidad del creador no tiene límites. Los gordos se reencarnarán en pingüinos porque es un pecado acumular tanto alimento para uno solo. El inmensamente gordo no puede sino ser vulgar. Una vez despreciado el interés por el cuidado del propio cuerpo ¿qué interés puede mostrar hacia los otros y su entorno? Quien se desprecia a sí mismo no podrá sino despreciar a los demás. Una vez que el cuerpo crece y se deforma sin control, poco importa el atuendo para tapar las carnes. Por esta zona del Mediterráneo (lugar estratégico y milenario, punto de encuentro entre culturas, fin de la tierra, paraje de sol benevolente) el uniforme es estridente y apretado. Aquí, donde los gordos campan a sus anchas, está de moda la exhibición de las carnes apretadas o fláccidas, poco importa, la obscena presentación de unos cuerpos amorfos asfixiados en exiguos mini shorts, en camisetas sin mangas ni tirantes por donde un abismo de ubres no forman un canalillo sino la desembocadura del Tajo. A este bofetón estético se suman los sonidos chirriantes y deformados de lo que no me atrevería a llamar lenguaje. Me da mucho miedo la plaga que habita la playa de Almería y no deja de reproducirse como conejos creando una curva demográfica que, en el futuro, hará de esta zona privilegiada del Mediterráneo un lugar inhabitable. Los chillidos de las madres sin control llamando a gritos a su prole para que se coma otro bocadillo mientras los patriarcas entierran una sandía en la arena me parece un insulto a la civilización. Los bañadores taparrabos que lucen los adolescentes que se depilan más que sus madres y sus novias, la música de los móviles que suena distorsionada y ensordece el tranquilizador vaivén de las olas…todas esas manifestaciones irrespetuosas con el entorno y con los demás no tienen ninguna diferencia con los gargajos de los indios que escupen sus miasmas en el suelo, ni con sus ventosidades tranquilamente ventiladas, ni con su incapacidad para ver que la calle no es un vertedero. Es exactamente lo mismo, es una agresión pasiva producto de una anulación total del ser y por tanto carente de toda consideración con el otro. Otra cosa más une a los indios con esta especie que habita en el Zapillo: la eliminación de toda barrera entre lo público y lo privado que es, si no me equivoco, uno de los logros de la civilización occidental cuya malinterpretación, por supuesto, llevan al extremo los radicales individualistas de Norteamérica o Japón.

Trato de concentrarme en la lectura de la biografía de Gandhi escrita por José Frèches. Un sonido me devuelve a la India haciendo de mi lectura una perfecta combinación y continuación de los sentidos. Recuerdo los “mantras” de los hombres que venden la verdura y la fruta en sus puestos móviles, en sus puestos-dormitorio, en sus puestos-hogar con ruedas de madera y que gritan repetitivamente algo incomprensible que parece un lamento y que no es más que el anuncio de su paso por el barrio. Pero no estoy en Lajpat Nagar, así que salgo del libro y levanto la vista. Estoy en la playa, una playa atestada de gente vulgar y ruidosa.

Busco el lamento con la mirada hasta topar con un joven de edad indefinida y con algún tipo de retraso mental que está produciendo este sonido. Está peligrosamente delgado y se retuerce en el suelo mientras coge puñados de arena con sus dedos agarrotados y se los echa por encima. Una mujer gitana que debe de ser su madre, una gitana en bikini luciendo todos los colchones mullidos de su vientre, lo agarra de un pie y de una mano como si fuera un cerdo y lo lleva arrastrando hacia la toalla. Lo sostiene en el aire con una fuerza tremenda y se lo pone en su regazo. Le levanta las piernas y le quita sin pudor el bañador y un enorme pañal como si fuera un bebé de 1,75cm. Veo el vello moreno de su pubis y un pene inmenso y oscuro danzando desordenadamente al ritmo que su madre le retira la arena del cuerpo. La escena me deja petrificada. No es la evidencia de una dura realidad existente lo que me aterra sino la gestión de esa realidad. El chico se deja arrastrar y se queda retorcido cerca de la orilla.

Durante todo este proceso no ha dejado de emitir ese sonido repetitivo y grave, como de animal moribundo. Con su cántico penoso continúa echándose arena mecánicamente. Me pregunto qué enfermedad tendrá. Una enfermedad que desde luego le impide tener control sobre su cuerpo y sobre su mente. El chico, que debe tener cerca de 18 años -si no más- de vez en cuando se lleva a la boca los puñados de arena que se echa por encima. Su madre está de pie junto a él pero no lo mira. Piensa que lo está vigilando pero está absorta en el horizonte, no sé qué pasa por su mente, pero su gesto está vacío como si estuviera simplemente en pausa, con esa mirada ajena que tienen los vigilantes de las salas de los museos, no es una mirada de aburrimiento pero tampoco es un silencio elaborado. Un silencio distraído, un silencio obligatorio, un silencio laboral. La madre, con su hijo retorcido a los pies, no puede ver el atracón de piedras con el que el hijo impedido está merendando. De vez en cuando, a través de movimientos compulsivos, el hijo se aleja unos pasos. Cuando la madre se da cuenta lo arrastra de nuevo hasta la sombrilla. Lo arrastra literalmente, de un brazo y de una pierna, sin tener en cuenta si tiene la espalda doblada y el cuello retorcido. Lo maneja como un pelele con los ojos desorbitados y la boca abierta. Retorcido como está, presiona su cabeza para que la apoye en la toalla. Pienso que así no podrá respirar. Es probable que el chico sufra un problema de huesos. Los cuidados de la madre solo podrán empeorar su situación. Pienso en los niños de Benarés, en los enfermos de Benarés, en las madres de Nueva Delhi que dejan a sus bebés jugar entre la basura. Algunas madres, ante la adversidad, pierden todo el sentido común.

De pronto, una chica morena con grandes gafas de sol, camiseta blanca, pantalones anchos de muchos colores y mochila a la espalda, se acerca a la madre gitana. No puedo oírlas pero intuyo su conversación por los gestos. La chica le está preguntando sobre la enfermedad del hijo. Probablemente le esté preguntando si recibe alguna ayuda económica o médica para sus cuidados o si sabe algo de la enfermedad de su hijo y sobre cómo tratarlo. Mientras dura la charla, el chico se ha ido arrastrando y hundiendo de vez en cuando la cabeza en la arena concentrando su mantra hasta alcanzar la toalla de unos bañistas de origen árabe que miran horrorizados la desbordada presencia. La chica saca su móvil y apunta algo. Por fin se dan cuenta de la escena de pánico de los vecinos de playa y la madre acude a rescatar a su hijo. La chica de grandes gafas se despide y se va. La madre vuelve a llevar a rastras a su hijo hacia la orilla.
Pienso que aquí, al menos, este tipo de situación aún llama la atención y hay alguien que es capaz de entrar en contacto para tratar de cambiar determinados comportamientos inhumanos producto de la incultura. En la India, esto me parece imposible. En un país trágicamente superpoblado en el que la inmensa mayoría ha perdido el sentido común o carece por completo de sentido cívico, es difícil actuar caso por caso. Se necesitaría un ejército para mejorar su situación. Y contando con ello, quizá gritarían “¡vivan las caenas!”. ( A esta hipótesis llego después de haber tratado con varios indios que aseguran que los pobres, al menos de Nueva Delhi, prefieren la pobreza, prefieren pedir limosna en un semáforo que trabajar porque ganan más con la caridad y con las ayudas del gobierno. Mi cuñado me contó que durante un tiempo estuvo haciendo la prueba. Cada vez que un mendigo se le acercaba a pedir limosna, mi cuñado le decía que lo contrataba para trabajar en su casa arreglando las plantas del jardín y estando a su servicio. Ninguno aceptó la oferta y los candidatos prefirieron sus aceras a las habitaciones de mi cuñado.

Unos niños pasan corriendo y se detienen encima de mi toalla llenándome le libro y el cuerpo de arena. Emiten algún sonido que mi buena educación interpreta como una disculpa y siguen corriendo. La playa se está llenando de manera inverosímil. Los gritos ordinarios y descontrolados procedentes de todas partes obstaculizan mi lectura. Los muslos celulíticos por doquier y los peinados de peineta en cabelleras oxigenadas me empiezan a poner de mal humor. No es lo que yo tenía en la mente cuando decidí pasar una tarde apacible de playa tras mi regreso a Occidente. Dos grupos de personas rodean mi espacio y plantan sus cosas a medio centímetro de mi toalla. Decido que ya he tenido suficiente. Recojo mis cosas y abandono la playa.

Entristecida por mi jornada frustrada, pensando en que casi es preferible la miseria y la incultura de un pueblo que, desgraciadamente no ha conocido otra cosa, a un pueblo consciente que ha erigido la vulgaridad como dios, camino hacia casa. Pienso en la India y siento nostalgia. Me alejo del paseo marítimo y el paisaje rebaja su intensidad. Casi no hay nadie por la calle. Una chica se me acerca y me da un panfleto sobre una ONG que se dedica a la defensa de los delfines. Me parece que estamos en un mundo de locos. La ONG en cuestión trata de evitar el cautiverio de los delfines que son destinados a los parques acuáticos para hacer espectáculos de natación sincronizada ante la dominante casta de turistas. Me parece fenomenal la iniciativa pero en mi cabeza todo da vueltas y no tengo dónde agarrarme.  

Trato de no pensar más. Me dejo llevar y disfruto por un momento del vacío de la calle y de los suelos asfaltados, del orden urbano, de las palmeras bien erguidas y de las aceras limpias. A lo lejos, veo acercarse un grupo de niños en bicicleta. Los veo reírse con malicia e intuyo lo que va a pasar, a fin de cuentas, tengo memoria y he vivido aquí mucho tiempo, pero uno olvida y se sorprende. Uno de ellos, que no tendrá más de doce años, conduce su bici a toda velocidad. Cuando se aproxima a mí hace un quiebro como si fuera a atropellarme y luego me esquiva en el último segundo. Estoy llena de ira y le digo “muy gracioso” con todo el desprecio que pueden mostrar mis ojos. Entonces grita “¡cómeme la polla!” y le respondo automáticamente “¡que te la coma tu madre!”. Me siento tan mal que tengo ganas de volverme a la playa y darme un baño para purificarme.

Una tristeza infinita me invade ante esta violencia gratuita. Quiero llegar a casa y no salir más.