martes, 28 de octubre de 2014


EL APESTADO



El apestado era aquel que padecía de la cruenta y mortal enfermedad de la peste negra o bubónica. Una enfermedad terrible que acabó con gran parte de la población europea del siglo XIV. El horror de la peste no radicaba únicamente en el dolor y la degradación física de quien se contagiaba sino también en la exclusión que suponía. Aquel que la padecía trataba de esconderlo para no acabar muriendo solo en la miseria de las noches sin abrigo donde ya ni las ratas subsistían. Era difícil camuflarse pues los ganglios se inflamaban de manera espectacular y la zona se oscurecía. La gente huía despavorida del apestado ya que, además de mortal, su enfermedad era extremadamente contagiosa. Al apestado se le señalaba y aislaba, se le expulsaba de la vida antes de que la vida lo expulsara a él definitivamente. El horror del olor de la muerte dejaba solos ante la misma muerte a millones de hombres que murieron de peste. Es probable que aun sigan existiendo lugares en la tierra donde esta enfermedad persista, en nuestra sociedad moderna y esterilizada, que yo sepa, está totalmente erradicada sin embargo, el estigma del apestado continúa.


La humanidad siempre se las ha arreglado, ayudado o no por la imprevisible naturaleza, para señalar individuos y hacer más dura su errabunda existencia: los San Benitos, la cruz de David pintada en las puertas de los establecimientos judíos, por nombrar solo un par de ejemplos de épocas muy distantes entre sí. De este modo, la marginación de un individuo o comunidad se convierte en una suerte de festividad o vía de salvación para el que ha conseguido librarse del estigma. El escarnio es algo que a la humanidad “civilizada” le ha fascinado desde los tiempos del Imperio Romano. Sin embargo, el hecho de que una sociedad rechace a un determinado grupo no responde, en la mayoría de los casos, a un acto de libertad sino a la manipulación que sobre estos colaboradores del estigma ejerce el poder en función de sus intereses.




Uno de los fenómenos más recientes es la batalla en contra del tabaco y los nuevos apestados: los fumadores. Son apestados en sentido literal pues el fumador huele a tabaco, como las abuelas a violetas y el alcohólico a Bourbon. Pero el problema no es el olor, es la ideología que subyace. Hay que marginar al enfermo de nuestros días y erradicar la epidemia del tabaco. Lo sorprendente es la facilidad con la que el gran público, llámese sociedad democrática, entra en los juegos del sistema y no duda un momento antes de cargarse, por ejemplo, toda una iconografía ligada al tabaco y que se ha manifestado en el cine, la pintura y la literatura. Desde que a Lucky Lucke le cambiaron su cigarrillo por una pajita de trigo, empezó la manipulación y la idea de que el individuo es estúpido por naturaleza y se le puede reeducar a través de las imágenes y la publicidad. No estaban desencaminados los americanos, como casi nunca. A partir de la ley antitabaco española, encender un cigarrillo es motivo de afrenta. Hace muy poco tiempo no pasaba nada si alguien sacaba el tabaco de su bolsillo. Ahora, hagan la prueba, el sonido de un mechero puede ser el detonante de una metralleta de miradas horrorizadas en busca del delincuente que ha osado perturbar el espacio purificado de nuestras urbes. Se oye de todo, falsos ataques de asma, frases entre dientes, insultos, compulsivos movimientos de manos aireando las caras acompañadas generalmente por gestos de desprecio. Me pregunto si la gente se ha vuelto totalmente sensible al humo o se ha vuelto tan imbécil que se irrita al dictamen del discurso dominante.



Me resultan bastante cómicos los carteles de prohibido fumar. ¡Es el colmo de la hipocresía! Es como si los herederos del sesenta y ocho tuvieran tan mala conciencia que no se atrevieran a llamar a las cosas por su nombre e hicieran uso de los más estrambóticos eufemismos. Ni si quiera el cigarrillo está tachado porque en nuestro paraíso de libertades toda censura se arbitra soterradamente. “Espacio sin humo”, es genial, el sarcasmo institucional vampirizando las metáforas de la lengua para denigrar al apestado fumador. En esta frase aparentemente inocente hay mucha mala leche. Además de lo peyorativo hacia el fumador hay una profunda intención de hacerle sentir culpable: además de enturbiar (en todos los sentidos) el ambiente, es también más responsable que el resto de los mortales de la catastrófica contaminación del planeta. Es para morirse de risa.
No me extrañaría que de aquí a un tiempo nos tatuaran un número y nos hicieran desfilar con nuestras apestadas pertenencias a un gueto de la periferia.

Estamos hablando de tres tipos de apestados que afectan a tres esferas de la existencia: la primera tipología –que en realidad no ha sido más que el pretexto para iniciar este texto – es  de índole física y afecta a un sujeto paciente; la segunda es de índole política y afecta a un sujeto activo y la tercera es de índole moral y afecta a un sujeto pasivo.


La tercera tipología de apestado es mucho más moderna, mucho más sutil y mucho más demoledora. No es ni más ni menos que otro tipo de dictadura. Aclaremos el concepto de dictadura: aquel sistema o comunidad que impone unos usos, una ideología, una literatura, una moda a los que no lo han elegido de manera voluntaria. No soy ni mucho menos la primera en afirmar que en este estado de supuesta libertad somos más esclavos que nunca.  

Me dejaré de rodeos, hablo de la dictadura Facebook.  Y el nuevo apestado, el apestado pasivo, es el que no hace uso de esta Red. El que no utiliza Facebook está marginado. Su exclusión no es directa, aparentemente nada cambia, pero poco a poco lo virtual se impone y si no tiene su vida expuesta en el escaparate Facebook no tiene vida y, por tanto, no existe. Es como un miembro de la comunidad Amish que ha sido excomulgado, ya no tiene nada que hacer es apartado y evitado. A no ser que se arrepienta.

Hace muy poco, discutiendo sobre este tema con un amigo, este me decía que tenía que aceptar que los modos de comunicación han cambiado y que hay que amoldarse; tenía que entender que si no estoy al alcance de un “clic” de ratón, nadie se va a tomar la molestia de descolgar un teléfono o de escribir un email personal. Bien, entonces hay que conformarse con lo que tal o cual “amigo” ha escogido de su vida, mostrada por igual a centenares de personas, para saber sobre su existencia. Si todo se comunica a través de esta red, probablemente no sabré si un amigo que vive en Pekín ha pasado unos días por mi ciudad porque no he estado pendiente de sus pasos a miles de kilómetros de distancia.

No puedo dejar de ver esto como un síntoma inequívoco de la decadencia de nuestra época. Ni puedo dejar de ver Facebook como la inmensa sala de espera de un psicoanalista atestada de superegos deseando satisfacer sus espejismos narcisistas, deseando la aprobación general de cada uno de sus pasos, de cada minuto de su vida.

Me resulta patológico que una persona que está dando una cena en su casa desaparezca de pronto con su cámara para colgar en Facebook las fotos que acaba de hacer con sus comensales y que toda la Red apruebe y aplauda con sus comentarios el acontecimiento en tiempo real. Es lo más parecido a Gran Hermano. Al menos los concursantes del programa no sabían lo que el público pensaba de ellos hasta que no salían de su cautiverio televisado. Patológico me resulta también que el ordenador se haya convertido en un comensal más, en un invitado de honor y que las pocas ocasiones en las que los amigos virtuales salen de la pantalla y se colocan uno frente a otro (para hablar de la misma red) se dejen con la palabra en la boca porque alguien ha colgado una foto en su perfil de Facebook: una foto cada vez más estudiada, más rejuvenecida, más “cool”. Hay una contaminación narcisista importante que sigue alimentado lo que en realidad no se es.




Otro de los aspectos peligrosos que he percibido entre los adictos a Facebook es la deriva New Age: misticismo, teorías conspiratorias, tarot, eneagramas, astrología y fin del mundo. Conocimientos de fascículo e ideologías tan maniqueas como contra las que  luchan.

Creo que muchos de ellos ya son expertos en descifrar criptogramas egipcios y en física cuántica. En secretos de Estado norteamericanos y entresijos del Pentágono. Todo es una gran mentira, dicen. Y de ahí, digo yo,  surge una nueva fe.

Me parece fantástico que el hombre sea producto de un experimento de seres inteligentes procedentes de otra galaxia y si es así espero que vuelvan pronto. Mientras tanto mi existencia está en la tierra, mi fantasía en los sueños y en la ficción, pretendo que mis relaciones se basen en la cercanía íntima y en el interés concreto de una persona. Una persona concreta con quien la relación pueda avanzar en lo que nos une y en lo que descubrimos; en la sorpresa de una experiencia, de un deseo, de una idea, de una pieza de música que la conversación y el ambiente nos ha llevado compartir, que, en definifiva, ha fluido con la normalidad de la cercanía. No porque treinta personas han comentado esa experiencia o esa manifestación artística en el vacío y sin contexto. En el catálogo de la cita, en el muestrario de conocimientos del que hacen gala los perfiles de los caralibros, ¿qué podremos recordar?

Hace no mucho, Javier Marías publicaba un artículo llamado Red de pardillos. El argumento principal era la ingenuidad de los usuarios al poner por escrito en Internet una inconmensurable cantidad de información personal (proporcional a la desorbitada cantidad de información de la Red) que puede ser utilizada en cualquier momento en su contra.

Efectivamente, si los drogodependientes de Facebook hubieran vivido los años más duros del comunismo o de cualquier otro totalitarismo cuyo método de supervivencia consistía en el silencio y en la sospecha, en que todos se sintieran espías de todos y por tanto espiados por todos y por tanto culpables y sumisos, se lo pensarían dos veces antes de dar tantas explicaciones. Pero claro, esto nunca va volver a suceder...Sin embargo para mí la fatalidad reside en la ausencia de distinción entre lo público y lo privado. Y en ese punto es donde acaba el individuo. Y acaba convirtiéndose en un tornillo más del inmenso engranaje del sistema. Solo, indiferente e igual a todos, igualmente ignorante e incapaz de hacer otra cosa que dar vueltas sin saber quién da la orden ni qué hace, verdaderamente, el tornillo de enfrente.



Pero nada de esto afecta a Facebook porque en Facebook todos son esbeltos y atractivos, todos son amigos de todos, ingeniosos y guapos, aventureros, inteligentes, todos comparten intereses, artículos, vídeos, pajas mentales. Es un mundo feliz, y quienes no participa en él, son salvajes que pronto vivirán en las reservas de la realidad.


Madrid, 13 de octubre de 2010.




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