miércoles, 28 de mayo de 2014

INDIA
(fragmentos recuperados del primer contacto en 2012)



La primera mirada

Hay una mirada inquieta, imprecisa, llena de fantasía enloquecedora. Una mirada que no mira, que piensa en la acción inmediata, una acción imprevisible. Un caos de mirada que no deja de lanzar luces hacia todas partes, más allá de las dos ventanillas abiertas de un taxi negro de los años 50 por donde penetra como un latigazo la atmósfera nueva y pesada de este continente. Los ojos negros del conductor bailan con un movimiento que parecía ir al ritmo del tráfico epiléptico por el que nos movemos. Desviando carriles, esquivando humanidades dispares, automóviles inverosímiles, volantazos y pitidos ensordecedores. Pareciera que sus ojos se  adentraran fugazmente por los recovecos de cada calle, por cada hueco en un muro, por cada ventana en ruinas en cuyo interior una realidad pequeña e inconcebible seguía teniendo lugar. Cuando los ojos permanecen quietos un segundo, pegados al retrovisor en el que nos reflejamos, su mirada es profunda y oscura, contiene un saber que desconozco. Es una frontera. Esconde códigos intraducibles donde no se puede leer si están llenos de amor o de odio. Podría decirse que se ríe de nosotros porque intuye nuestro total desconocimiento de toda la realidad que empieza a tocarnos. Nuestra ilusoria seguridad de occidentales se vendría abajo y nos desprotegería de ahora en adelante, ahora que la escalera por la que subimos no tiene las barandillas con las que hemos aprendido a caminar, a pensar en el tibio refugio de nuestra tradición, de nuestra educación, de lo que hemos sido hasta ahora. Había que empezar a desaprender, a despegar nuestros hábitos de nuestros huesos, observar si nuestros gestos estaban hablando sin voluntad.  Si nuestros ojos, también eran un mar insondable.

Miradas colectivas



Las miradas colectivas son difíciles de describir, no son particulares, faltan detalles, o solo queda un detalle muy alejado de la diversidad que las conforma. Un mar embravecido de palabras y de historias  que pasan como las olas sin mojarte, solo dejando una gota de humedad en el subconsciente, donde se almacena todo lo que los sentidos captan y no nos da tiempo a procesar. Digo subconsciente pero podría decir alma o divinidad contenida en el yo. Después de un tiempo la llama se enciende y lo procesado se convierte en luz. Lo colectivo se convierte en individual y los detalles se perfilan con nitidez dentro de un todo compacto. Pero eso es otra historia.

Bajo aquellas miradas, uno tiende a bajar la mirada, a continuar su camino como si no ocurriera nada. Fingir no ver. Pero los habitantes de este planeta llamado India no fingen no ver lo que están viendo y les llena de curiosidad. Sus miradas no dudan, miran lo que ven, observan, se detienen. No tienen prisa. No se avergüenzan. Ese pudor solo es occidental. Me avergonzaba yo y me preguntaba si yo les molestaba, si perturbaba su horizonte cotidiano. No entendía si las miradas eran de repudio o de grosera indiferencia ante una vida errada. Y sin vivir la hostilidad, la agresión, sentía solo el abismo al pensar que el peligro se iba a manifestar según lo conocemos, que nuestra intuición iba a percibir los nuevos estímulos con la misma eficacia.
No solo yo percibía la extrañeza, ellos también la sentían como yo, me acompañaban en el viaje, en la experiencia, también la suya. Desde ese punto de vista se dieron constantes momentos de comunión incomunicable. Ambos nos maravillamos de la propia extrañeza. 

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